Las razones equivocadas

31 julio 2012

—¿Qué haces? —pregunta un niño a otro.

—Leer —contesta este sin dejar de mirar su libro.

—¿Por qué? —insiste el primero.

El que está leyendo alza la vista, mira al niño que le habla y trata de decidir si merece la pena responder a esa pregunta. Al final opta por preguntar a su vez.

—A ver, ¿y por qué juegas tú al fútbol?

—Pues para divertirme.

— ¿Y por qué ves los dibujos?

—Porque me gustan.

—Vale, y cuando lees, ¿por qué lees?

—¿Para… aprender? —sondea, cándido, el pequeño.

El lector suspira y cierra el libro. Ve claro el problema aunque no sea capaz de enunciarlo…

Tras escuchar el relato de este pequeño intercambio, me quedo pensando. La cuestión es quién o qué ha condicionado al niño para que dé esa respuesta. ¿Los padres, los profesores, la sociedad en general? ¿Por qué el juego o la tele (o los videojuegos, o las manualidades) son “para divertirse” y leer es “para aprender”? ¿Por qué?

Al comentar esta anécdota con otros padres, la conversación, inevitablemente, derivó en una explicación acerca del modo en que cada uno trata de inculcar en sus hijos el gusto por la lectura. Algunas estrategias, de lo más meritorias, pasaban por hacer carnets de lectura (un sello por cada libro leído) que se podían canjear por una bolsa de chuches una vez completados o intercambios del tipo “te compro un cómic por cada libro que te leas”.

Seguro que, como me decía un padre un poco desesperado, estas iniciativas son necesarias en algunos casos y hasta puede que ayuden a hacer lectores, pero yo no podía evitar pensar en la sonrisa que nos arrancaría escuchar a un padre decir “por cada videojuego que te acabes te dejo ver una serie de dibujos animados”.

La pregunta es si estamos situando la lectura en el lugar correcto o si, con tanto empeño, la estamos desterrando al lugar de las actividades obligatorias y aburridas que necesitan de una motivación externa para ser realizadas. ¿Por qué un niño (o un adulto) ve una película, juega a un videojuego o escucha música? Desde luego, no porque alguien le vaya a dar algo a cambio, sino porque esa actividad intrínsecamente le divierte, le entretiene, le aporta, le interesa, le conmueve, le atrapa…  En suma, porque le resulta gratificante.

La gratificación externa puede ayudar, sin duda (por algo dice el refrán “hágase el milagro, hágalo el diablo”). Sin embargo, si la gratificación para la lectura proviene solo de lo externo (llámense chuches, aprobación de los padres o buenas notas), quizá consigamos niños que leen. Pero otra cosa es conseguir niños lectores.

About these ads

4 comentarios to “Las razones equivocadas”

  1. El tema de la iniciación a la lectura es sumamente complejo, como bien expones. Como formadora, no dejo de preguntarme en qué momento las personas dejan de amar las historias. Nos empeñamos en crear estrategias de lo más rebuscadas, cuando la realidad es mucho más sencilla.

    Aprendí a leer un poco antes de cumplir los tres años. Antes, mis padres se preocupaban de leer delante de mí, aunque fuera el periódico, y de leerme cada noche un cuento. Lo convertían en un momento mágico, especial. Recuerdo que colocaban un pañuelo de color (rojo, verde, azul…) sobre la lamparita de la mesilla de noche y se pedía silencio absoluto (tengo una hermana mayor con la que compartía habitación). Mi padre o mi madre, dependiendo de a quién le tocara leer esa noche, se tumbaba a mi lado y seguía las palabras con el dedo para que yo pudiera verlas bien. Además, hacían las voces de los personajes y entonaban de tal forma que parecía que en lugar de leer un cuento estuviéramos viendo una película.

    Los niños son de natural curiosos y pronto empecé a pedir que me pronunciaran palabras al azar que yo señalaba en el libro. Así aprendí a leer, de forma natural, sin estrés, sin la sensación de que me estuvieran obligando a nada.

    A los seis años ya tenía mi carnet de socia de la biblioteca. Ir a buscar libros era una aventura especial en la que, además, a veces incluso merendaba un pastel (soy de la generación que merendaba “bocatas” de pan de corteza dura y embutido o queso, no Bollycaos, ni Danoninos, ni yogures de casey-inmunitas) o un helado. Y luego, recién llegada a casa y antes de cenar, tocaba leer un ratito.
    Si los libros estaban deteriorados, mi padre y yo los arreglábamos. Limpiábamos y estirábamos las hojas, pegábamos las cubiertas… simplemente porque nos daba pena verlos rotos y descuidados. Mi padre me decía que así el libro podría contarle su historia a otros niños. De esa forma, el libro se convertía en un compañero vivo, no solo en un objeto de papel, tinta y cartón sin más valía que su precio en la librería. Tenía voz, una voz que sonaba a través de mi padre y de mi madre y, más adelante, a través de mí misma.

    Durante las prácticas de Magisterio, cada vez que los niños estaban nerviosos o poco colaboradores en el aula, pronunciaba las palabras mágicas: “Érase una vez…” usando una entonación de maga y mirándoles con cara de ir a revelarles algo muy especial y mágico. Era emocionante ver cómo se mandaban callar unos a otros y se sentaban dispuestos a escuchar mi cuento como si fuera lo mejor que podía pasarles.

    A todos nos gusta que nos cuenten historias. Solo tenemos que aprovechar esa inclinación a nuestro favor para hacer que los niños no la pierdan. No se trata de inculcar el amor a las historias, sino de impedir que se pierda, porque ya está ahí desde el principio.

    Ah, por cierto, con el tiempo no solo me convertí en una gran lectora.
    También soy escritora.
    Supongo que mis padres y sus cuentos teatralizados tuvieron la culpa.

  2. Rusta said

    Nunca me ha gustado la motivación a cambio de una recompensa, ni en los estudios ni todavía menos en la lectura (aunque me imagino que en algunos casos no queda otra que recurrir a esa vía). Yo tuve la suerte de que desde muy pequeña me gustó leer y no me hizo falta pasar por ese proceso de inculcación.

    Por otro lado, a mí me llaman la atención las personas que leen muchas revistas o periódicos pero jamás tocan un libro. Con su hábito lector no tendrían dificultades para afrontar una novela, pero aun así se resisten porque piensan que les aburrirá, que será demasiado densa… A mi parecer el problema es que no han encontrado esa obra que les despierte el gusanillo por la ficción, que les atrape y les haga “vibrar”. Creo que, una vez se ha experimentado esa sensación, será la propia persona quien tenga la iniciativa de seguir leyendo. Es como ir al gimnasio: cuesta mucho empezar, pero en cuanto se coge el hábito, no se deja.

    Lo malo es que para ponerlo en práctica hace falta que alguien recomiende el libro idóneo a cada niño (o adulto), y me temo que es un paso complicado.

    Besos.

  3. Iván said

    Los videojuegos, la televisión y el cine no tienen ese problema. No necesitan que los padres eduquen o incentiven a los niños; ellos mismo eligen jugar, ver sus programas favoritos o las películas que les gustan. Los libros no deberían ser distintos. Si lo son es porque no estamos haciendo bien las cosas. O hacemos autocrítica o la literatura juvenil anglosajona nos seguirá ganando siempre por goleada.

    Por un lado, los profesores obligan a leer libros infumables para la mayoría de chicos y chicas de esa edad. Imaginad que obligásemos a los niños a ver los debates políticos de la televisión; la odiarían. Si tu primera aproximación a los libros es un suplicio, y desconoces que la literatura es mucho más amplia, obviamente los libros te darán urticaria.

    Por otro lado, gran parte de los escritores de literatura hispana no escriben novelas que interesen a los chavales; y sólo se venden porque son de obligada lectura en los colegios. Por eso, los que eligen las novelas deberían cambiar sus criterios. Hacer autocrítica y colocarse en el lado del posible lector medio de esa edad. Deben entender que no son profesores de lengua, sino profesionales de marketing.

    Mientras no se haga esa autocrítica y no haya un cambio radical en los libros publicados e, importante, en los recomendados a los niños, seguirán ganándonos los anglosajones (que sí hacen los deberes) y no podremos competir con los videojuegos, la tele o el cine.

    Libros como Harry Potter, Los Juegos del hambre o Crepúsculo nunca se habrían publicado en España si hubieran sido españoles.

    • Rusta said

      Hola, perdonad que me meta pero me gustaría expresar mi desacuerdo con Iván. En primer lugar, pienso que los profesores no deberían ser los primeros en aproximar los libros a los niños. Ese papel corresponde a los padres: los niños actúan en gran medida por lo que ven en casa, así que si desde pequeños se les leyera cuentos y se les inculcara el amor por la lectura, en el colegio tal vez se la tomarían de una forma muy distinta.

      Además, no creo que los autores españoles no escriban obras interesantes para niños y adolescentes. Recuerdo títulos infantiles como “Fray Perico y su borrico” y “El pirata Garrapata”, que enganchaban hasta a mi compañero travieso que nunca hacía nada, o (entre los catalanes) nombres como Joaquim Carbó, Núria Albó o Emili Teixidor, que marcaron mi infancia. Para la literatura juvenil otro tanto de lo mismo, hay autores que escriben sobre todo tipo de géneros y consiguen conectar con los chavales: Maite Carranza, Jordi Sierra i Fabra, Alfredo Gómez Cerdá…, autores jóvenes de fantasía como Laura Gallego o José Antonio Cotrina… En fin, me parece que no nos podemos quejar de la cosecha que tenemos en España.

      En cuanto a los tres éxitos que citas, hombre, no sé si se habrían publicado en España o no, pero no dejan de ser casos particulares; el mundo literario abarca mucho más. Y, bueno, tengo entendido que “Harry Potter” pasó por varias editoriales anglosajonas antes de que se animaran a publicarlo; me temo que el miedo a los riesgos se tiene en todas partes, no solamente aquí :).

      Estoy de acuerdo contigo en que es importante ponerse en el lugar del niño o adolescente :), pero creo que muchos profesores y profesionales de la edición ya lo hacen. Me parece que la crítica no solo debe hacerse sobre la oferta, sino sobre la forma de acercarla al lector potencial, y no se puede responsabilizar solo a los profesores.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 161 seguidores

%d personas les gusta esto: