¿Proteger o protegernos?

24 febrero 2013

Un tema imposible de eludir cuando se trabaja para niños y jóvenes es el de si el contenido es “adecuado” para lectores de una determinada edad. Las opiniones son diversas y, por supuesto, todas respetables y discutibles por igual, dado que se basan en aquello de lo que cada uno considera necesario proteger a los niños. O no protegerlos.

La cuestión es que no somos niños, ni los niños de hoy son iguales a los niños que fuimos. Ponerse en el lugar de los niños y jóvenes de hoy sin serlo es uno de los retos de editar LIJ (y más aún de escribirla o de seleccionarla para ellos). Por eso me encantó esta entrevista gráfica que el autor de cómics Art Spiegelman le hizo al autor de literatura ilustrada infantil Maurice Sendak en la revista New Yorker:

La infancia es “profunda, rica, vital, misteriosa, honda“, dice Sendak. Y sí, quizá nos asustaría conocer al niño que llevan dentro nuestros niños, como probablemente nos asustaría recordar, de verdad, sin romanticismo ni falsos idealismos, al niño que realmente fuimos. Porque efectivamente, sabíamos cosas terribles y sabíamos que era mejor que los adultos no supiesen que las sabíamos. ¿O no?

Determinar cómo se traduce esto a nuestro trabajo con o para niños no es tarea fácil, pero a mí me hace reflexionar. Me hace plantearme si al rechazar una novela para niños por demasiado dura pensamos en los niños o en los adultos que las leerán y nos juzgarán a través de ellas. Me hace pensar si como sociedad tenemos unos parámetros acertados respecto a de qué cosas hay que proteger a los niños y de cuáles no. Me hace mirar hacia nuestro papel como adultos que educan, hacia el sentido de la educación, hacia el trasvase entre el niño y el adulto que se produce en ese proceso. Y sin duda, me hace reflexionar sobre cuál debería ser la postura de la LIJ ante todo esto.

No tengo todas las respuestas, pero como casi siempre, creo que en este caso las preguntas son más importantes.

Ven

3 marzo 2012

En Atocha, a punto de coger un tren, desde una esquina un libro me dice:”Ven”. Por suerte atiendo su llamada y me lo llevo en la bolsa. La autora, Jane Teller, y la palabra “editor” leída de soslayo en la cuarta de cubierta, bastan para convencerme.

Aún no ha terminado el viaje cuando el libro se acaba. El paisaje, pasando a toda velocidad por la ventanilla, ayuda a la sensación de que el libro, al igual que Nada, de la misma autora, mueve y conmueve, hace reflexionar y obliga a plantearse y replantearse muchas cosas.

El resumen, brevísimo (y sin spoilers, tranquilos): un editor debe decidir si manda a la imprenta un manuscrito que le genera ciertas dudas, mientras, en paralelo, redacta un discurso sobre “Ética en el sector editorial y en la literatura” y rememora su encuentro con una persona que le ha desvelado una información importante sobre ese texto. A la luz de su discusión interior analiza su evolución como editor y como persona.

Y como leer nos incita a compartir, no he podido evitar traer aquí algunas frases literales del libro:

“De pronto sabe cuál es el fallo del manuscrito. Se nota que la historia es una copia. El autor quiere llegar a la mayoría. El lenguaje mismo es una copia. Copia de copia, de copia, de copia. Por eso fascinará a la crítica.”

“Sabe muy bien que no es literatura con mayúsculas, solo es un producto de venta fácil. […] Pero su trabajo consiste en publicar lo que piden los lectores. Su trabajo consiste en determinar lo que los lectores piden. Él dirige una empresa. Las ventas son las ventas.”

“Así es el mundo. así es la realidad. […] ¿Así es como tú quieres que sea? […] ¿Cómo se convierte el mundo en tal y como es?”

“Cada ser individual es responsable de sí mismo y de sus actos. Bajo esta perspectiva se juzgará nuestra vida y haremos nuestras elecciones. Esto es válido para los artistas y para los que no lo son. También para los intermediarios de la literatura. También para los editores.” 

“¿Tiene el intermediario responsabilidad por el arte que ofrece? ¿Cuál es la cuota de responsabilidad del receptor? ¿Y la del intermediario?”

“Cada artista debe hacer lo que le plazca, elegir libremente la persona que desea ser. Igual que el editor. Igual que el intermediario. Igual que el lector. Igual que todo el mundo.”

Por supuesto, son frases sacadas de contexto. Pero en parte por eso las traigo aquí, por lo bien que se defienden solas, y por lo bien que medran, arrancadas de su libro, y trasplantadas precisamente aquí, en este blog.

Ojala despierten vuestra curiosidad y os lleven a convenir conmigo en que “Ven” es una lectura imprescindible para escritores, editores, prescriptores, lectores… para todo aquel que se sienta concernido por cómo entre todos hacemos literatura, y cómo la literatura nos hace a nosotros.

¿Se publica y punto?

6 febrero 2012

Hace unos días, en un comentario Guillermo decía, “si es interesante, se publica y punto”. Y esa afirmación, tan “de cajón”, lleva varios días pululando por mi cabeza. Si es interesante, se publica y punto. Tan sencillo como eso. ¿Sí?

Primero de todo está el espinoso tema de qué entendemos por un libro interesante. Este término, como otros (“de calidad”, “bueno”, “comercial”), tienen la particularidad de ser bastante peliagudos y subjetivos. Porque, ¿qué es un libro interesante? Simplemente, un libro que interesa. ¿A quién? ¿Hay algún libro que interese a todos sin excepción? Fijo que no. Entonces, interesante, ¿para quién?

Pero hay más. Busquemos algunos paralelismos:

Si voy a la biblioteca y veo un libro interesante (que me interesa), lo saco y punto.

Si voy a la librería y veo un libro interesante, ¿me lo compro y punto? Puede que sí, pero también puede que me lo piense un poco, lo compare con otros, calcule cuánto me he gastado en libros este mes… Vamos, que por muy interesante que sea, no “me lo compro y punto”.

Si estoy buscando un libro para mis hijos y veo uno que me parece interesante, tampoco me lo llevo y punto. Antes me planteo si ellos lo van a considerar interesante, si conecta con sus inquietudes en este momento, si aporta una visión del mundo que no choque con la nuestra (tienen solo 10 años), si el número de páginas es adecuado, si no tienen ya cosas muy parecidas… En fin, que me lleva un buen rato decidir si me lo llevo o no.

Y si lo que tengo entre manos es un candidato a publicación que me parece interesante, entonces, menos que nunca el planteamiento es del tipo ”es interesante luego se publica y punto”. En este caso, la lista de requerimientos se amplía y entran en juego consideraciones como si tiene sentido en el entorno actual; si es adecuado para los destinatarios potenciales; si conecta con lo que, como editorial, queremos ofrecer a nuestros lectores; si tenemos en catálogo cosas muy similares; si hay en el mercado títulos con un planteamiento demasiado cercano… además de cuestiones de otro tipo como cómo de cargado va el plan de publicaciones de ese año (un editor no puede publicar tantos libros como caen en sus manos: debe adecuarse a la capacidad de producción, promoción y distribución de la editorial); si el coste de publicación entra dentro de los márgenes que manejamos (si publicar un determinado título es tan costoso que solo vendiéndolo a 40 euros no pierdes dinero, entonces no es viable hacerlo)… y así un montón de consideraciones que a veces llevan a rechazar un manuscrito o un proyecto que, a priori, es interesante.

Cuando esto ocurre, me acuerdo siempre de lo que decía mi jefe José Luis Cortés cuando le llorábamos nuestras penas: “¡ay! – suspiraba - y qué bien estaríamos todos si no fuera por la realidad”.

Pero, a pesar de la tozuda realidad, Guillermo, en lo esencial tienes razón: sí, si un libro es interesante se publica y punto. O por lo menos, se intenta.

En este mes de octubre que termina ha habido un auténtico derroche de artículos sobre el futuro del libro, animado por la celebración de LIBER y de la feria del libro de Frankfurt, por la llegada de Amazon a España, por  los movimientos de Planeta y de Casa del Libro y por la presencia en prensa de algunas iniciativas como 24symbols.

En todas las reflexiones está presente, de forma explícita o implícita, la incertidumbre que en estos momentos rodea al mundo editorial, debido a la conciencia general de que estamos ante cambios inminentes.

Sin embargo, a menudo tengo la sensación (y es algo muy subjetivo) de que no lo estamos haciendo bien. Para empezar, porque parece como si nos empeñáramos en disipar esa incertidumbre con las mismas herramientas que en tiempos de certidumbre. ¿De verdad nos creemos que un estudio de mercado puede hoy en día predecir el comportamiento de los lectores? ¿Que la extrapolación de las cifras de uso de lo digital hoy en día nos puede ayudar a establecer las cifras del futuro cercano? ¿Puede el miedo a que el libro digital canibalice la venta de libros en papel guiar nuestros pasos después de ver lo qué ha hecho el iPhone con el iPod –y no olvidemos que son productos de la misma empresa-? ¿De verdad alguien defendería con convencimiento que una propuesta de innovación se puede analizar desde criterios de rentabilidad?

Para quitar elementos de la ecuación y hacerla más sencilla, quizá, en estos tiempos de incertidumbre, deberíamos atender solo a un par de cosas:

1. Centrarnos en la misión, cada cual en la que quiera que sea la suya (para mí, formar personas a través de una literatura de calidad atractiva para los lectores). Cuando uno no sabe qué hacer, conviene volver los ojos a la identidad y al propósito que nos mueve como industria. Si sabes quién eres, qué has venido a hacer a este campo de juego y qué cambio social quieres impulsar, es mucho más fácil enfocar tu actividad a pesar de los cambios ambientales, tecnológicos y sociales que se produzcan. Por otro lado, si eres fiel a tu misión, la rentabilidad vendrá, claro que vendrá. Y quizá no como consecuencia buscada de tu actividad, sino más bien como herramienta necesaria para la sostenibilidad de esa actividad. Algo que a mí, al menos, me parece maravilloso.

2. Aprender, pero sin miedo, como aprenden los niños: explorando, llevándonos a la boca, probando y volviendo a probar en función de la experiencia. No es momento de evaluar el potencial económico versus el riesgo, sino el potencial de aprendizaje versus el riesgo. Por supuesto que es necesario dosificar el riesgo, pero también hay que jugarse algo como industria, más que nada para que lo nuevo no quede en  manos de otros actores que saben menos de contenidos, menos de lectores, menos de literatura… y sí más de aprovechar el río revuelto.

Vivimos un momento privilegiado, de cambio, en el que se pueden redefinir muchas normas de este negocio. Y somos muchos los autores, los ilustradores, los editores, los diseñadores… que queremos tomar parte de esta revolución y contribuir a la definición de ese nuevo campo de juego.

Pues eso, el hambre y las ganas de comer.

Vale, es verdad que no es fácil explicar qué es un editor ni en qué consiste su (nuestro) trabajo, pero no deja de sorprenderme hasta qué punto algunos desconocen esta tarea e incluso, la utilizan como arma arrojadiza contra el propio autor.

Me permito volver al artículo biográfico sobre Dahl que comentaba en la entrada anterior. El autor de ese artículo “denuncia” como si fuera algo denigrante lo que, para mí, como editora, es “lo que debe ser”. Cito y comento:

“Dahl’s editor Stephen Roxburgh completely revised Dahl’s last novel and, in doing so, turned it into his most popular book”.

Pues bien por el editor, que hizo lo que se supone que tiene que hacer un buen editor.

“On the whole, Roxburgh’s editorial advice was more up Dahl’s alley. […]. - and Dahl incorporated his substantial rewrites of the book’s dialogue verbatim”.

En este caso bien por el autor, que supo entender que las propuestas de su editor eran acertadas  y no tuvo empacho ni vergüenza de incorporarlas.

“Roxburgh’s revisions to The Witches were far more extensive than those he had proposed on The BFG. The editor’s major suggestion was that the Witches should turn the narrator into a mouse, an idea that it is now impossible to imagine The Witches without. Dahl saw that these were improvements and went ahead.”

En este caso, bravo por ambos. Uno por dar con una propuesta brillante y otro por aceptarla. Gracias a esa colaboración podemos disfrutar hoy de esa magnífica novela.

Estaba yo en tales reflexiones cuando me encontré este artículo en El Tiramilla con consejos para jóvenes escritores noveles, en el que se dice (las negritas son mías):

sé de casos tremendos, casos donde publicar un libro se convierte en una tortura económica, editoriales que te roban el alma entera como sanguijuelas, señores que se aprovechan de tus ilusiones, que te ordenan cambiar capítulos enteros a su gusto […] Mi verdadero consejo al autor novel que inicia su larga y maravillosa andadura por estos mundos de Cervantes, es que tu idea no está en venta de rebajas ni saldos. Que cuando por fin la cedas, que sea con una editorial decente que la quiera tal y como es”.

A ver, que un editor es (debería ser) un primer lector privilegiado para el manuscrito del autor. Si el editor hace bien su trabajo (y si el autor le deja hacerlo) el lector final debería encontrar una obra mucho mejor que el manuscrito original del autor, que podrá ser perfecto en algún caso, pero no lo es en muchos otros. Pretender que tu novela se publique “tal y como es” es desdeñar una labor que puede enriquecer mucho la obra. ¿Que fue el editor de Dahl quien sugirió que el protagonista fuera convertido en ratón? Magnífico, pero eso no le quita mérito al autor, al creador del universo en el que esa sugerencia cobraba sentido.

Por eso, y sin que nadie  me lo haya pedido, voy a brindar yo también un consejo a los autores noveles: que tu relación con tu editor sea de confianza mutua. El editor debe confiar en el autor, pero el autor no puede ver un enemigo en su editor, porque así no se llega a ninguna parte. Estoy segura de que los autores que tienen la posibilidad de trabajar en una relación fluida con sus editores escriben mejores libros que los que defienden el territorio de su creación como si temiesen ser invadidos o sojuzgados, como si aceptar una sugerencia ensuciara la (supuesta) pureza de su obra.

A mí, desde luego, me gustan los autores que primero se encierran para alumbrar su obra y luego se arremangan para trabajar mano a mano  con todo aquel que pueda contribuir a que el manuscrito se convierta en la mejor obra posible y más tarde, en el mejor libro publicado (sean editores, lectores, diseñadores, ilustradores, críticos  o alguien que pasaba por allí y aporta algo interesante). Juntos por el mejor libro posible. Juntos, no enfrente.

A raíz de la publicación de este blog han sido varias las personas que se han dirigido a mí para preguntarme qué deberían hacer (cómo prepararse, qué estudiar…) para ser editores de literatura infantil y juvenil. Probablemente la respuesta que esperaban tenía que ver con que es bueno estudiar esta u otra licenciatura, aquel u otro máster, saber determinados idiomas, hacer cursos de corrección, de estilo… y, por supuesto, leer mucho.

Pero, según pensaba en la obviedad de esta respuesta, constataba que las preguntas verdaderamente importantes tienen que ver con por qué y para qué quiere uno ser editor de LIJ (y de hecho, estaría bien preguntárselo para cualquier profesión u oficio).

Así que, para ir despejando el camino, podríamos clasificar los motivos en dos grupos bien sencillos: razones inadecuadas para querer ser editor de LIJ y razones adecuadas para querer serlo… Porque si uno se hace editor de LIJ por las razones equivocadas, tiene la frustración asegurada. Claro está que, de todos modos, entrar en esto por las razones adecuadas tampoco garantiza la felicidad.

Algunas razones inadecuadas para hacerse editor de LIJ:

  • Desde luego, una razón de lo más inadecuada (aunque dudo que nadie quiera ser editor de LIJ por este motivo), sería la búsqueda de fama o reconocimiento. ¿Qué nombre de un editor de LIJ se le viene a la cabeza, así en espontáneo, incluso al crítico más dedicado o al estudioso más serio del tema? Ninguno. Y si preguntáramos a profesores, padres, lectores… tendremos suerte si son capaces de dar el nombre de algún autor y, como mucho, de una editorial. Si quieres ser reconocido, casi móntate un blog, un foro, un perfil de Twitter o una página de Facebook sobre el tema y al menos podrás aspirar a algo del conocimiento que da la presencia en los medios digitales: seguramente conseguirás bastante gente que lo lea con interés y que incluso llegue a enterarse de quién eres.
  • Otra razón muy poco acertada para meterse en esto (pero creo que nadie tendrá ninguna duda al respecto) es el dinero: si tienes suerte, te dará para vivir dignamente, y si no, ya conoces el chiste: “¿En qué se diferencian un editor de LIJ y una pizza tamaño gigante? – En que la pizza gigante es capaz de dar de comer a una familia de cinco miembros”.
  • Desde luego, es una idea muy poco acertada hacerse editor de LIJ buscando la puerta de entrada a la edición de adultos: puede que haya habido algún caso, pero muy pocos y por casualidad. Esto no es el fútbol, que está organizado por divisiones y si entras en un equipo de tercera regional y eres bueno, te vienen a ver los oteadores de los grandes equipos: ni hay oteadores, ni hay una escalera clara de promoción para pasar de la LIJ a la edición de adultos… entre otras cosas porque la LIJ no es una “segunda división” de la literatura.
  • Otra razón de lo más inadecuada: hacerse editor de LIJ porque lo que querrías es ser autor y piensas que podrías abrirte camino a ti mismo hacia la publicación, o que es una buena opción editar a otro autor en tanto te pones a escribir tu gran obra. Si quieres ser escritor, escribe; que ser editor consume mucha energía. Pretender ser autor y hacerse editor es como querer ser piloto y hacerte controlador aéreo. Son cosas relacionadas pero muy diferentes.
  • Tampoco es buena idea meterse en esto pensando que quizá de ese modo compartirás un poco del glamour de los autores. Las fotos, si llegan, son del autor, y así tiene que ser. La tarea del editor es una tarea callada, a menudo poco reconocida (aunque hay autores maravillosos que comprenden y valoran enormemente esa división de tareas, esa colaboración cómplice con el editor). Y ahí es donde surge el verdadero disfrute del trabajo conjunto. Los buenos editores (y quiero pensar que muchos escritores también), disfrutan mucho en esa interacción y sienten una gran satisfacción al saber que cada parte hace su papel y que, como consecuencia, todo fluye como tiene que fluir. Y es en esa labor conjunta donde la obra mejora, y encaja, y crece…, como crece cuando un buen ilustrador la toma en sus manos o un buen diseñador le da su forma definitiva. Pero el que da la cara es el autor, y donde tiene que quedarse el editor es en trastienda.

Así que vamos ahora con algunas buenas razones (que también las hay) para hacerse editor de LIJ.

  • La primera razón y una de las más acertadas, es que te encante leer LIJ, porque, si es así… ¡te vas a hartar! Eso sí, te tocará leer cosas buenas y otras no tan buenas, que también las hay. Pero incluso estas últimas las disfrutas, porque casi sin querer estas viendo lo que falla y en esa mirada crítica se disfruta y se aprende mucho. Y a la vez que lees, estás maquinando cómo y de qué manera se podría mejorar, cuál sería la mejor solución. Y de vez en cuando tienes el privilegio de ser de los primeros en leer una obra maravillosa, divertida, gamberra, tierna, sensible, profunda, transgresora, cambiante… que justifica todas las demás.
  • Otra razón muy buena para hacerte editor de LIJ es que te gusten los libros en sentido amplio: no solo el contenido, la historia, sino el libro como objeto físico: el formato, el tipo de papel, la encuadernación, la ilustración, la tipografía, el interlineado, los márgenes, la cubierta, las camisas, las guardas… hasta las hojas de cortesía. Y las múltiples y aún desconocidas formas que el libro del futuro puede llegar a tener, y que si te dedicas a esto, con un poco de suerte, ayudarás a definir.
  • Otra: porque sientes que ese proceso de mezclar el trabajo de diferentes profesionales tiene algo de alquimia, desde el autor que concibe y escribe la obra hasta el distribuidor o librero que la vende, el profesor que la prescribe en su aula, o los padres que la eligen para su hijo. El editor, por suerte para los que lo somos por vocación, tiene un papel central en esa química que tiene que darse entre tantos y tan capaces profesionales. Trata con el autor y le ayuda a ajustar el tono, el contenido… Selecciona, junto con el diseñador, al ilustrador más adecuado para esa obra y determina el tipo de ilustración. Colabora con el diseñador en la selección de la tipografía más adecuada, con los compañeros de fabricación valora el tipo de papel o incluso la técnica de impresión… Esa participación en la labor de tantas profesiones interesantes es altamente gratificante, te apropias un poco de cada uno de ellos. Y son tareas todas tan relacionadas con el libro, que si de verdad te gustan los libros para niños, lo vas a pasar en grande.
  • Otra más: porque valoras como un gran privilegio tratar con los autores, estar cerca de su proceso creativo. Asistir a la concepción y a la gestación de un libro para niños, caminar junto al autor y colaborar con él para que nada se tuerza y que el libro que él imaginó se convierta en un objeto físico, mejorado, amplificado en la medida de lo posible, es, realmente, una de las tareas más agradables e interesantes que uno puede imaginar si le gustan los libros para niños. Y los autores, a pesar de la fama que algunos puedan tener, son a menudo personas muy interesantes, diferentes, especiales, cercanas, afectivas, cariñosas…
  • Sin duda, una de las mejores razones que uno puede tener para hacerse editor de LIJ, es que tiene el convencimiento de que la literatura es la mejor arma de la que disponemos para llegar a los niños, para ampliar sus horizontes culturales y personales. La literatura para niños es una contribución, puede que modesta frente a otras formas culturales de más proyección social (cine, televisión, medios de comunicación en general), pero al fin y al cabo, es una forma de depositar un voto muy concreto en la gran urna que es la cultura, un voto por un futuro en el que crees y por el que quieres trabajar.
  • Por último, una razón indiscutiblemente acertada para dedicarte a esto de la edición de LIJ es que en el fondo eres un friki de la LIJ y lo sabes, y lees todo lo que cae en tus manos, y lees durante la jornada laboral, y ojeas las novedades si pasas por una librería, y no puedes evitar echarle un vistazo a ese libro que tu hijo ha tenido un rato antes entre sus manos y si puedes, te duermes leyendo un libro para niños o un manuscrito. Y lo disfrutas como un tonto. Si te pasa eso, entonces una editorial de LIJ será el paraíso para ti.

Así que, pensándolo bien, no te dediques a esto si no sientes verdadera pasión por los libros, por la educación, por los niños… Es un trabajo precioso, pero merece la pena que lo haga alguien que de verdad lo disfrute.

Me encanta esta cita de Indira Gandhi:

Un día mi abuelo me dijo que hay dos tipos de personas: las que trabajan, y las que buscan el mérito. Me dijo que tratara de estar siempre en el primer grupo: ahí es donde iba a encontrarme con menos competencia.

Y siempre he creído que el caso se aplica muy bien a la edición de LIJ: vente si te apetece formar parte de ese primer grupo. Pero sobre todo, vente para disfrutarlo.

Hace apenas una semana se celebró el 32 Congreso del IBBY en Santiago de Compostela y, como en casi todos los congresos, encuentros y charlas del sector, uno de los temas que más se repite es que hay que ofrecer a los niños “buena literatura”.

Creo que todos, sin excepción, estamos de acuerdo en esto. Así que definamos qué es literatura de buena calidad.

Lo malo es que no existe una norma ISO que establezca sin ambigüedades qué es la calidad literaria, así que cada vez que alguien juzga un libro como “muy bueno” o “muy malo”, en realidad no hace mucho más que contarnos cuáles son sus propios gustos.

Todos estaríamos de acuerdo, claro, en que una buena novela debe estar bien construida, tener una trama inteligente e interesante, con personajes verosímiles, estar escrita con un lenguaje rico y cuidado, reflejar una visión del mundo, tener ambición cuanto a los mensajes que implícita o explícitamente vehicula, ser capaz de mantener la atención del lector, incitándole a pasar cada página… ¿Pero cómo de importante es cada uno de estos factores en relación con los demás? Y ¿cómo “medimos objetivamente” cada uno de ellos?

La calidad literaria es completamente intersubjetiva. Lo que unos consideran una buena construcción, para otros es mediocre; lo que a unos les parece inteligente e interesante, a otros les aburre; cuando unos se identifican plenamente con unos personajes, otros los sienten de cartón piedra; lo que para unos es lenguaje rico y cuidado para otros es pedantería ininteligible; los mensajes o la visión del mundo que unos reciben como edificantes para otros son sectarios y poco recomendables…

¿Por qué? Probablemente, porque cada uno evalúa la supuesta calidad literaria de un libro desde su propia agenda, con sus propias metas prioritarias: la riqueza del lenguaje, el argumento, el mensaje implícito…

Yo, personalmente, creo en una LIJ, en una literatura en general, que sea capaz de enriquecer al lector, de transformar, de alguna manera, su vida y su visión del mundo. Para mí un buen libro es, más que otra cosa, el que consigue este fin. Si lo hace, cualquier otro pecado me parecerá venial.

Quizás por eso es que, tras oír la expresión “calidad literaria” en diversas ponencias, se me vino a la cabeza un concepto (del pediatra Winnicott) del que me hablaban no hace mucho: el de la “madre suficientemente buena“.

La madre “suficientemente buena” (un poco como la “literatura suficientemente buena”) sería aquella que no aspira a la perfección, sino que es consciente de sus límites y acepta sus equivocaciones, y gracias a ello, es capaz de proporcionar al niño un entorno adecuado para su óptimo desarrollo.

Así que quizá la LIJ que aporta al niño lo que necesita (concentración en la lectura, evasión, conocimiento de otras realidades, entretenimiento, compromiso, impulso transformador, diversión…) no es necesariamente una literatura de magnífica calidad literaria, sino una literatura “suficientemente buena”.

Sobre todo, teniendo en cuenta (y esto merecería un estudio más en profundidad) que los libros que interesan a los niños y a los jóvenes, los que más ayudan a construir su personalidad o su futuro como lectores, a menudo no son necesariamente los calificados como más literarios o los reconocidos por la crítica como “mejores” artísticamente hablando.

Supongo que al final, tu postura sobre este tema dependerá de cuál consideres que es el fin de la LIJ (dicho de otra forma, para qué diablos te has metido en esto). Una vez que uno tiene un fin, todo lo demás no pasa de ser un medio.

Es probable que se trate de una percepción muy subjetiva, pero a menudo tengo la sensación de que hay un cierto divorcio entre literatura y tecnología.

Y no me refiero a lo que opinan los escritores o los editores sobre el libro electrónico (que debe de ser la pregunta más respondida en lo que llevamos de año) , ni a quién tiene o quién utilizaría un e-reader ni quién tiene perfil en Facebook o  se comunica con los lectores a través de un blog o de un foro.

Ni siquiera me refiero a quién ve el interés de que su obra esté en formato electrónico. Al final, parece que el tema queda reducido a poner en otro formato lo que ya está impreso y a discutir si los royalties esto y aquello y si los derechos de autor lo otro y la pirateria lo de más allá.

Me refiero, concretamente, al divorcio que parece haber entre tecnología y creación literaria: como si la declaración de tecnofobia fuese casi un componente obligado para tener alguna posibilidad de ser considerado un autor de peso.

A autores y a editores nos toca (por suerte) reflexionar sobre las posibilidades creativas que abren estas tecnologías. Y, quizá me equivoque, pero no tengo la sensación de que  esa reflexión se esté produciendo aquí, entre nosotros.

Desde luego, no suele haber autores en las múltiples jornadas sobre libro electrónico que se están celebrando desde hace ya tiempo, y si los hay, es entre el público, no entre los ponentes. Los temas que se tratan (solo hay que mirar el programa de un par de congresos o jornadas sobre el tema) tienen que ver, normalmente, con el negocio, con la tecnología, con las telecomunicaciones, con los intermediarios, con los derechos e incluso con los lectores… Con todo, excepto con la obra literaria en cuanto tal  y con la persona que la crea.

Buscando por ahí, y aparte de algunas iniciativas curiosas (como por ejemplo, la de Penguin de 2008) parece que solo existiera el hipertexto como posibilidad creativa en la web. O al menos, como elemento de reflexión y análisis de los estudiosos de la literatura en la web.

Y sin embargo, cada formato, cada “aparatito”, trae consigo unas nuevas posibilidades creativas que deberíamos explorar. Algún ejemplo al que merece la pena dedicar un tiempo de reflexión:

  • ¿Qué posibilidades creativas genera el hecho de que la mayoría de los lectores potenciales lleven encima, permanentemente, un dispositivo móvil que le permite, además de hablar por teléfono, recibir mensajes, leer, y a menudo y cada vez más, escuchar música y hacer casi lo mismo que con un ordenador?
  • ¿Qué posibilidades podría tener el hecho de que la web permita la interacción entre diferentes lenguajes creativos? El Vook es solo una posibilidad, quizá la más evidente, pero no es la única.
  • Más sencillo:  ¿qué posibilidades hay en el hecho de que el papel y la web puedan complementarse entre sí?
  • Y más cercano:  ¿qué puertas abre a la creación una herramienta que permite tocar la pantalla y acercar y ampliar lo que estás viendo, como ya tienen el iPhone o el iPad y que gente como Scott McCloud lleva años explotando en otro terreno creativo como es el cómic (merece la pena analizar el partido que le saca al lienzo continuo en que se convierte la pantalla del ordenador)?
  • ¿Qué posibilidades para la creación literaria (y no digamos para la promoción y el marketing, pero en ese campo sí hay más iniciativas innovadoras) nos proporcionan las herramientas de la llamada web social?
  • Incluso, ¿qué posibilidades podría suponer una redefinición del papel del lector gracias a las posibilidades anteriores?

No pretendo, ni mucho menos, que en todas ellas haya fórmulas válidas o perdurables, pero si hay alguna, hay que descubrirla intentándolo.

Por otro lado, estemos seguros de que intentarse, se va a intentar: algunos, como Penguin o los que se inventaron el Vook ya lo están haciendo y otros, como estos, lo intentarán dentro de nada.

Pero me da pena que esa literatura la vayan a hacer las perssonas que saben de tecnología, no de creación literaria. Son los autores que hoy escriben y lo hacen bien los que tienen que empezar a andar el camino. Solo así lograremos buenas novelas concebidas desde el principio para posibilidades creativas nuevas.

Y somos los editores de hoy los que tenemos que apoyar e incluso liderar ese proceso: explorar, ver más allá, mostrar posibilidades, apoyar en las dificultades, proporcionar herramientas y logística… Solo así podremos hacer evolucionar este oficio, aportando lo que siempre hemos aportado.

¿Te vienes?

Llevo varios días, por cuestiones que no vienen al caso, pensando en qué es, realmente, la literatura infantil y juvenil.  Si se tratara de dar una definición, creo que muchos de nosotros estaríamos (estamos) de acuerdo en que la mejor es  “literatura infantil y juvenil es la que también pueden leer los niños y jóvenes” (y que Carlo Frabetti atribuye a Michel Tournier).

En cualquier caso, tirando de ese hilo, más que la respuesta a la pregunta que me hacía, lo que me ha surgido es la respuesta a la pregunta contraria, que, quizá (solo quizá) sea un poquito más fácil de responder.

Así que, aunque sigo sin tener bien definido y delimitado qué es la literatura infantil y juvenil (probablemente no hace falta ni definirla ni delimitarla del todo), sí tengo al menos cinco certezas acerca de lo que no es literatura infantil y juvenil. Que no está mal.

  • Literatura infantil y juvenil no es lo mismo que libros para niños. Esta es bastante evidente, pero conviene no olvidarla: no todos los libros para niños son literatura. Hay muchos libros para niños, necesarios y maravillosos,  que no son literatura:  los imaginarios, los divulgativos, los libros juego… Y hay otros, que, aun pretendiéndolo, tampoco son literatura.

  • Literatura infantil y juvenil no es lo mismo que literatura light. No es una literatura sin palabras complicadas, sin elaboración del lenguaje, sin temas difíciles o sin complicaciones. Es  literatura que sabe hacer suyas las posibilidades de expresión y comprensión del niño o del joven, sus maneras de interpretar la realidad y el mundo, su modo de estar en las cosas que pasan y que le pasan.
  • Literatura infantil y juvenil no es lo mismo que literatura con protagonista niño o joven. Es verdad que a menudo la presencia de un niño o un joven de determinada edad permite más rápidamente la identificación por parte del lector, pero es solo eso: una herramienta que puede ser facilitadora. Lo importante es que la literatura conecte con las inquietudes, las necesidades y los anhelos de niños y jóvenes.

  • Literatura infantil y juvenil no es lo mismo que pedagogía. Y esto es importante, porque, a pesar de que, de palabra, todos —autores, editores, mediadores…—  lo tenemos más o menos claro, lo de la “literatura”  con intención (moralizante,  educativa…), parece que nos tienta más de la cuenta.  En palabras de una de las grandes autoras de la literatura infantil: La literatura infantil no es una píldora pedagógica envuelta en papel de letras, sino literatura, es decir, mundo transformado en lenguaje.  (Christine Nöstlinger).

  • Literatuta infantil y juvenil no es la que se escribe para niños, sino la que los niños hacen suya.  Hay libros que no se escribieron para niños, pero que los niños de diversas generaciones se han apropiado: Verne, Dumas, Poe, Dickens, London, Asimov… Y hay muchos libros que se escribieron para niños y jóvenes que los niños y los jóvenes no tienen ningún interés en leer y que, si leen, olvidan rápidamente.

Y es bonito, porque esta última reflexión ha generado una nueva pregunta, parecida a la que dio pie a esta entrada, pero no igual. Y es:  ¿qué tienen los libros que los niños y los jóvenes hacen suyos? ¿Cuáles son “los ingredientes”?

Solo para empezar a pensar (esto deberá ser materia de otro post) sin duda, una de las claves la tendrá la palabra  “autenticidad” . Y quizá, también, la palabra “conmover”, en su sentido más literal: “moverse (interiormente) con” alguien o algo.  Pero faltan otras, sí. Faltan.

Otro hilo del que podemos ir tirando.

¿Qué valores?

17 marzo 2010

El otro día, en la rueda de prensa de los premios El Barco de Vapor y Gran Angular, me llamó la atención que, cuando los periodistas preguntaban por los “valores” que tenían los libros ganadores, los autores sentían la necesidad de aclarar rápidamente que sus libros “no tienen valores”. Y no es la primera vez que veo algo así.

Me ha dado mucho que pensar,  porque, claro, ¿qué autor afirma, sin más, que su libro no tiene valores si entendemos la palabra “valores” como la define el diccionario?

“Principios morales, ideológicos o de otro tipo que guían el comportamiento personal (Diccionario CLAVE) o incluso:  “ Cualidades que poseen algunas realidades, consideradas bienes, por lo cual son estimables.” (Diciconario de la RAE).

La cuestión está, sin duda, en las connotaciones negativas de las que se ha ido tiñendo la palabra “valores” tras su paso por aquellos  “valores transversales” y por todo lo que les ha seguido:  los currículos escolares, las selecciones bienintencionadas y las lecturas dirigidas. Y sobre todo,  en la saturación que nos produce a todos ese continuo runrún de la solidaridad, la coeducación, el cuidado del medioambiente o la cultura de la paz. Que no es que no sean, en sí mismos, temas importantes y por los que cualquiera está dispuesto a trabajar, sino que estamos un poco estragados de tanto oírlos y tanto hacerlos evidentes.

A pesar de esto,  yo sigo diciendo que me interesan los libros con valores. Aunque la afirmación haga que le salgan granos a más de uno. 

Busco libros que conciban el yo como algo que está en permanente construcción. Y lo considero un valor.

Me gustan los libros  en los que el humor contribuye  a destapar y enfrentar las contradicciones de las personas y de la sociedad. Y lo considero un valor.

Me interesan los libros que disponen a la acción. Y lo considero un valor.

Siento imprescindibles los libros que ayudan a reconocer las deficiencias de las estructuras sociales y animan a trabajar de forma no violenta para cambiarlas. Y lo considero un valor.

Necesito los libros en los que hay una búsqueda de sentido a la existencia, al margen de que sea el sentido de un autor concreto y no necesariamente el mío. Y lo considero un valor.

Un libro con valores no es necesariamente un libro políticamente correcto. Basta un libro en el que el autor deposite su visión apasionada sobre las cosas que hacen que la vida merezca la pena.

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