Cuarta de cubierta

30 mayo 2015

Elsa Aguiar, la autora de este blog, ha fallecido hoy, 30 de mayo de 2015, a las 6:30, tras una tenaz batalla de cuatro años y medio contra un glioblastoma, el más agresivo y desgraciadamente el más común de los tumores cerebrales.

Elsa se ha agarrado a la vida con la tenacidad con que se agarró a la edición, consiguiendo una supervivencia de cuatro años y medio, que supera en tres veces la sobrevida típica en esta enfermedad. Empezó este blog con ilusión para compartir sus experiencias como editora, y tras su diagnóstico lo mantuvo con entusiasmo y con tanta frecuencia como le permitieron sus fuerzas. Os invito a que lo releáis porque en él hay pistas para entender a la profesional y a la persona que ahora perdemos.

Si la vida es como un libro y nacer es la portada, morir sería la cuarta de cubierta. A Elsa le encantaban las cuartas de cubierta, ese espacio donde el libro se vuelve “meta” e intenta explicarse a sí mismo, ese reverso reflexivo de la primera de cubierta que intenta provocar en el prospectivo lector una segunda impresión, más reposada y reflexiva que la primera impresión impulsiva para la que se diseñó la cubierta. Un espacio que es a la vez de clausura de la obra, y de invitación para conocerla.

Mañana 31 de mayo de 2015 a las 12:00, se celebrará una misa en el tanatorio de Collado Villalba a la que todos los que la queréis estáis invitados. Posteriormente, con más tiempo, probablemente en el mes de junio, organizaremos un homenaje para celebrar su vida y su trabajo, de cuya fecha y lugar informaremos aquí.

Un fuerte abrazo a todos,

César Astudillo

 

Como ya hemos comentado otras veces, es prácticamente inevitable que un texto narrativo promueva una actitud positiva o negativa hacia las conductas, costumbres o modelos de personas que se se despliegan en él.

Pero de la discusión sobre ese tema surge una cuestión muy práctica y sin embargo nada fácil de acordar: ¿Cómo se transmite esa actitud, y por tanto, cómo se llegan a transmitir valores con un texto?

Tal como yo lo veo, la respuesta a esta pregunta depende de la interacción entre múltiples elementos del texto, no de uno solo de ellos. Por ejemplo: un personaje puede exhibir una conducta reprobable, e incluso esa conducta reprobable puede tener consecuencias beneficiosas para el personaje; pero si la voz del narrador arroja un juicio moral negativo sobre ese proceso, y lo hace de forma efectivamente persuasiva, el resultado global es que no se puede decir que el libro defienda o transmita esa conducta, sino todo lo contrario.

Es por eso por lo que, cuando analizamos los valores transmitidos por un texto, debemos prestar atención a la interacción entre sus múltiples elementos y entender la actitud global que promueven en esa interacción, porque si nos limitamos a analizar la presencia de determinadas conductas o modelos en elementos aislados de la narración, estaremos haciendo un análisis muy superficial y a menudo erróneo.

Existen elementos capaces de modelar actitudes en dos grandes aspectos del texto: la estructura narrativa (lo que ocurre en el relato), y la forma literaria (los recursos expresivos que se emplean). La combinación de ambas va a tener un resultado final en la actitud del lector hacia las conductas y valores mostrados en él: una actitud positiva, aspiracional, de imitación, o bien una actitud negativa, de rechazo.

Cómo la estructura narrativa transmite valores

Lo que ocurre en el relato modela actitudes a través de:

  • Los rasgos de los personajes: ¿Cuáles son las características de personalidad de dónde vienenlos personajes? ¿De dónde vienen? ¿Cuál es su forma de ver el mundo, sus creencias, su estilo de pensamiento y de toma de decisiones? Esta es una fuente de modelos negativos o positivos.
  • Relaciones entre los personajes: ¿Quién ama a quién, quién ayuda a quién, quién depende de quién, quién desprecia a quién? Esto modula y condiciona el efecto de sus rasgos de personalidad.
  • Acciones de los personajes: Si bien el mundo interior de los personajes transmite y modela actitudes, sus conductas externas lo hacen de forma mucho más elocuente. Después de sus diálogos morales internos, ¿qué acaban haciendo? Es únicamente a través de sus acciones, que sus pensamientos van a tener un efecto sobre el mundo.
  • Consecuencias de esas acciones: ¿Qué resultados tienen las acciones de los personajes? En el mundo de la narrativa, que tiende a ser teleológico, la relación entre acción y consecuencia casi nunca es aleatoria o desprovista de sentido: suele haber una “justicia poética” que condiciona y modula, a su vez, el juicio moral que merecen las acciones. También hay que tener en cuenta, sin embargo, que cuando el escritor fuerza la verosimilitud de esta “justicia poética” hasta caer en un “deus ex machina” poco creíble, el efecto puede ser contraproducente.
  • Evolución de los personajes a partir de esas consecuencias. El proceso de identificación entre lector y personaje se produce de manera más poderosa hacia los cambios que experimentan los personajes, que hacia sus estados o rasgos permanentes. Nuestro radar moral capta mejor los objetos en movimiento. El rumbo moral, positivo o negativo, en que un personaje realiza un aprendizaje y experimenta un cambio, aunque sea pequeño, es a menudo más relevante a la hora de modelar actitudes que la calidad moral permanente de ese personaje.
  • Mundo en el que tiene lugar todo lo anterior: ¿Con qué reglas se rige el universo construido por el narrador? ¿Cuál es su historia, cómo devino en ser como es? ¿Qué tipo de gente manda en él, y quiénes son los oprimidos? Los mundos creados por los autores tienen su propio “zeitgeist” (alma de los tiempos), que también modela actitudes, de forma más sutil y constante que las consecuencias de los actos de los personajes.
  • La voz del narrador. No existe el narrador neutral. Incluso la más aséptica y pretendidamente objetiva de las voces narrativas, tácitamente arroja un juicio moral sobre los acontecimientos. Aunque solo sea por la forma en que escoge qué elementos de la narración describirá y cuáles omitirá, igual que el encuadre de un fotógrafo. Por supuesto, el narrador también puede pasar a hacer explícito su juicio moral, aunque lo implícito es más poderoso porque tiende menos a despertar una actitud crítica en el lector.

¿Y qué hay de la forma literaria?

Visto lo que ocurre en la narración, ¿qué pasa con la forma? Al margen de la tan inobjetivable “calidad literaria”, ¿qué elementos formales pueden transmitir valores?

  • La elección de vocabulario (culto, elitista, limitado…)
  • El registro lingüístico (coloquial, distanciado, irónico, sarcástico…)
  • El tipo de humor (negro, subversivo, absurdo, inocente…), y hacia qué objetivos dirige su poder desmitificador y crítico.
  • El uso de la elipsis (qué es lo que más o menos notoriamente se decide omitir)

El resultado: la actitud del lector

La actitud final del lector, ya sea aspiracional o de rechazo, hacia todo lo que se muestra en el texto, está determinada por el resultado final de la interacción entre todos los elementos anteriores, y no por ninguno de ellos de forma aislada. Este resultado nunca es completamente determinista, por lo que a menudo es difícil predecir de forma única y cierta esta reacción. Pero el análisis riguroso a partir de los elementos sugeridos, y un debate estructurado y argumentado entre los editores en aquellos casos que despierten controversia, puede ser una buena herramienta de toma de decisiones.

Todo esto puede sonar a verdad de perogrullo, pero a veces me han llegado unas cartas de protesta por parte de padres o profesores ante determinados libros, con unos argumentos tan de pata de banco para considerar que el libro promueve conductas indeseables, que os aseguro que hacían necesario un texto como este. Los demás, tened paciencia y no os deis por aludidos :-)

Mediaciones

18 septiembre 2014

He seguido con mucho interés y cierto regocijo, para qué negarlo :), el pequeño rifirrafe que ha provocado el Retrato del reseñista adolescente, artículo de Ana Garralón en Letras libres, en el que hacía una crítica del trabajo de los jóvenes booktubers.
El motivo de mi regocijo no era solo la “respuesta” de Begoña Oro, como siempre muy divertida, sino ver escenificado en tiempo real y en la pantalla de mi ordenador algo que estaba leyendo en otra pestaña más o menos a la vez: un informe muy serio y muy interesante que hace referencia a la globalización y a la digitalización como fuerzas que están transformando la cadena de valor de la industria del libro, desde la creación hasta la pura recepción de la obra (como, por cierto, también dijimos aquí en su momento). Y la mediación no iba a ser menos, por suerte.
Porque sí, porque aunque esto todavía chirríe a algunos, la mediación ha dejado de ser mediación (en singular) para convertirse en mediaciones (en plural). O quizá es que siempre fueron en plural y fuimos los observadores los que nos fijamos solo en la mayoritaria o en la más prestigiosa.
Pero sí. Ya no hay (solo) un número reducido y reconocido de críticos literarios que guían los gustos de los lectores y sancionan o no un título o un autor, sino un montón de lectores que quieren compartir sus opiniones y sus emociones al leer un determinado libro o autor con todo aquel que quiera escucharlos. Por suerte.
Ya no hay (solo) una forma “cabal” de hacer crítica o de reseñar un título, con referencias a la estructura, al estilo, la intertextualidad o el experimentalismo… sino muchas formas y estilos personales y para todos los gustos, unos más convencionales y otros más inusuales o “innovadores”. Por suerte.
Los niños y los jóvenes ya no leen (solo) lo que les prescribe el profesor en la escuela o lo que les recomiendan sus compañeros de clase, sino lo que les recomiendan otros chavales como ellos (o como ellos querrían ser) aunque vivan a miles de kilómetros de distancia. Por suerte.
Los lectores, niños y no tan niños, ya no elegimos nuestras lecturas (o no solo) en la mesa de novedades o tras una interesante charla con nuestro librero de confianza, sino que a menudo nos fiamos también de la recomendación que el algoritmo de la página web de turno nos hace basándose en otros libros que hemos leído y nos han gustado o en los que han gustado a lectores con gustos similares a los nuestros. Por suerte o por desgracia.
Y es que es un hecho: la literatura, en especial la juvenil, ya “no se puede considerar al margen del resto de la industria cultural, ni de sus contenidos ni de sus modelos de negocio” como dice Rüdiger Wischenbart, el autor de ese informe del que hablaba más arriba).
Por suerte, porque eso está creando un espacio para, entre todos, reinventar la lectura y la experiencia de la literatura. Porque si no lo hacemos nosotros, ya están ahí otros dispuestos a hacerlo. También por suerte, mal que nos pese.

 

Añadido posterior: Por su interés y pertinencia, pongo  aquí el enlace a un interesantísimo reportaje que acaba de salir en literatura Sm. Para que, si no los conocéis, tengáis aquí el contacto de los booktubers más conocidos y seguidos. ¡Gracias Elena!

Aunque este no es un blog de reseñas, he leído este verano un libro que me ha dado mucho que pensar sobre esa especie de trabalenguas que es el título de esta entrada. “Tú eres mi buena estrella” da voz a Ninon, una cría de 9 años maravillosa en su desnuda ingenuidad, en su felicidad ¿injustificada? y en su envidiable confianza en la vida.
Como creo que la reseña de la editorial (lo siento, compañeros) no le hace justicia, me permito matizarla. Sí: Ninon, la protagonista, asiste atónita a la furiosa separación de sus padres e intenta traducirse a sí misma lo que ve, lo que oye y lo que le toca vivir, tratando de darle sentido al enorme caos en el que vive. Pero lo importante es la maestría con la que la autora se convierte en esa niña y consigue que el adulto lector comprenda la realidad que la propia niña no comprende, o que sonría cuando la niña no sabría adivinar el por qué de esa sonrisa.
La autora de esta novela escribe sobre niños. Y en cierto modo, escribe como escribiría una niña, aunque trufado con una enorme habilidad para ponerle toda la intención de un adulto a la narración deliciosamente ingenua de la chavalita.

Parte de mi maravilla viene de la constatación de que, en la novela, todo o casi todo lo que se “oye”, se oye a través de la voz de la niña, aunque oigamos a todos los demás cuando Ninon explica a su manera los puntos de vista de los adultos.
¿Es una novela sobre niños? Bueno, yo diría que es una novela sobre la vida, también sobre la vida de los niños, pero sí es, eso seguro, una novela sobre cómo los niños ven e interpretan la vida, la suya propia, pero sobre todo, la de los adultos… con unos criterios muy diferentes a los de un adulto.

Curiosamente, lo que seguro que no es, es una novela para niños. Porque a los niños de nueve años les pasaría lo mismo que a Ninon: que se quedarían en la superficie, en la descripción de los hechos que hace la niña de nueve años, sin traspasar ese umbral en el que está lo verdaderamente implicado por esas palabras y esos actos de los que la niña actúa como narradora eficaz pero ignorante.

Seguramente lo que he encontrado tan placentero de este título es que la autora, aunque no ha escrito una obra de LIJ, sí ha exhibido la que es quizás una de las habilidades más necesarias para escribir LIJ: la de franquear las barreras de estilo de pensamiento y de modelo del mundo que separan a niños y adultos. Si la LIJ lo hace para llevar una visión del mundo a los niños, ella lo ha hecho para meter la mirada de los niños en el mundo.

Darse cuenta

22 julio 2014

Releo el texto de Gustavo Martín Garzo “Instrucciones para enseñar a leer a un niño” y, como ocurre con todos los buenos textos, aparece de pronto un pequeño detalle al que antes nunca había prestado la atención suficiente. Acaba Gustavo su artículo con una afirmación maravillosa: “No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida”. Y de pronto, ese pequeño sintagma preposicional se me antoja tan relevante y tan revelador que prácticamente oscurece a todo lo demás.

Porque sí, efectivamente, darse cuenta o no darse cuenta es la clave, el principio y el fin. Por mucho que hablemos de la lectura, de los libros, del placer de leer, de la formación, del entretenimiento, de hacer lectores… al final el para qué se impone con fuerza. ¿Qué objetivo puede ser más importante que ese, el de ser conscientes de la historia que contamos con nuestra vida? No sé si hay muchas personas, lectores o no, que vivan dándose cuenta, pero yo tengo la suerte de conocer a alguna. Esa es otra (una más) de las ventajas de trabajar con determinados autores: que se dan cuenta, ellos sí. Y escriben su vida, como sus libros, dándose cuenta. Y presenciarlo, aunque no sea muy de cerca, es un enorme privilegio. Gracias por dejármelo atisbar.

Ser y deber ser

10 enero 2014

 

Leo con mucho interés la entrevista con Teresa Colomer en Pensando la LIJ que tuitea Begoña Oro, creo que con más intención de la que parece a primera vista. Así que me dejo y ahí voy :) .

La investigadora deplora que haya una LIJ escrita y editada atendiendo a su función socializadora, es decir una LIJ transmisora de normas. Y recomienda a los mediadores “elegir buenos libros ‘literarios’ que hacen saber cómo son los humanos y no cómo deberían ser”.

Aun estando de acuerdo en el fondo, tropiezo con algunos “escollos” en esta afirmación. El primero, claro, tiene que ver una vez más con el sintagma “buenos libros”, pero como de eso ya hemos hablado en otra ocasión, continuemos con el segundo: una LIJ que hace saber cómo son los humanos. Y cómo son los humanos, me pregunto yo. ¿Significa eso que creemos en la existencia de una realidad independiente del observador o del “contador”? Yo creo que no, que no hay una realidad “objetiva” sino que la realidad se construye y se reproduce colectivamente a partir del discurso, pero como también hemos hablado de eso antes, continuemos.

La doctora Colomer recomienda al mediador que se centre en la calidad literaria. Pero centrarse en la calidad literaria no hace que la otra dimensión, la de la transmisión de normas o valores, desaparezca. Todo libro transmite valores y reproduce normas, tanto si elegimos fijarnos en ello como si decidimos mirar a otro lado.

Desde luego, como editora yo no puedo, ni quiero, decir “vamos a publicar este libro porque tiene una grandísima calidad literaria”, sin antes plantearme si quiero (si queremos) obrar como colaboradores necesarios de la reproducción de normas que esa obra lleva consigo de forma más o menos implícita o explícita. Como ya comentaba en el otro post, las obras culturales nunca se limitan a describir: siempre, además, prescriben porque las normas sociales implícitas, las más naturalizadas y biologizadas, se adquieren por absorción de discurso social, ya sea en forma de literatura, de anuncios, de cine, de juguetes, o de conductas cotidianas.

Un ejemplo muy simple: no sé si es una realidad que muchas personas mayores se sienten solas y acabadas, pero sí sé que hay una norma implícita al respecto, y que esa norma es con frecuencia reproducida por la literatura actual.

Como editora considero irrenunciable plantearme si quiero validar ese discurso y por tanto aumentar sus posibilidades de absorción, o prefiero airear otras alternativas sobre lo que es la vejez que también son parte de la realidad.

Ante una norma implícita o explícita que no nos guste, nuestra actitud puede ser visibilizarla para cuestionarla, o presentar una norma alternativa. O también reproducirla de forma acrítica, que es lo que en realidad hacemos cuando creemos que estamos “contando la realidad tal y como es”.

Hace tiempo que voy acumulando elementos en una lista que se podría titular “temas actuales que echo de menos en los libros de LIJ”. Temas en los que una literatura que pretende ser formativa (en el más amplio sentido de la palabra) y comprometida con el individuo y con la sociedad, tendría algo que decir.

Por supuesto, no estoy hablando de que tenga que haber libros enteros que traten sobre cada uno de esos temas en exclusiva (que también podría ser), pero sí echo de menos manuscritos que toquen, aunque no necesariamente en primera línea, algunas realidades que conforman el hoy de niños y jóvenes. ¿Por qué?

Porque son temas de gran interés en el presente, sí, pero también porque van a configurar en gran medida el futuro en el que vivirán y serán adultos los niños para los que hoy escribimos y publicamos. 

Se trata, en definitiva, de actualizar los valores, tanto en el sentido de incluirlos en historias que llamen a la acción en situaciones presentes como en el sentido de que hoy en día ciertos valores se han vuelto más urgentes.

Así que, para empezar, ahí va una primera lista que tiene que ver con reflejar la actual coyuntura social, económica y política:

  1. La lucha por nuevas hegemonías de pensamiento. Por ejemplo: cómo la PAH ha conseguido que un desahucio pase de ser percibido socialmente como una tragedia privada e inevitable, a algo inadmisible.
  2. Las nuevas formas de activismo y participación ciudadana, desde el 15M a polémicas como el de Change.org versus la crítica al ciberfetichismo: muchos jóvenes quieren cambiar el mundo, pero ¿van a poder hacerlo a base de clics?
  3. La globalización: lo que pasa al otro lado del mundo nos afecta. Tanto a nivel macro (el actual proceso de devaluación interna en España es una de las consecuencias del programa de globalización económica) como a nivel micro (tu mejor amigo, el que te entiende como nadie, puede estar en otro continente).
  4. El activismo consumidor: cambiar el mundo desde tu posición de consumo. Si hace cincuenta años una forma de ejercer el poder era dejar de trabajar, ahora puedes hacerlo dejando de comprar. Quien compra un buen balón de reglamento por seis euros ¿en qué cadena de actos está estampando su firma final?
  5. La virtualización de la economía: el niño que hace unos años cosía zapatillas en Vietnam para dar de comer a su familia, ahora puede estar pasando horas en un juego de rol multijugador ganando puntos de experiencia u obteniendo premios virtuales para alguien que le paga por ello.
  6. La generación Einstein: cómo son las mentes criadas por videojuegos. ¿Con una atención más fragmentada? ¿más desensibilizados ante cierto tipo de violencia? ¿más capaces de mezclar trabajo y placer? ¿mejor acostumbrados a trabajar en equipo y a distancia…?
  7. Los prosumers: consumidores que generan contenido, el chaval como autor. Autores de fanfics y escritores, autores desintermediados a pequeña y a muy gran escala…
  8. La economía de la atención y la democratización de su explotación: vivir de ser  youtuber o de subir vídeos y tutoriales a internet: fenómenos como “Hola soy Germán”, Jotapelirrojo, Mr. Chunkybuddy… jóvenes que construyen un formato y una audiencia y que viven de ello sin intervención alguna de los “profesionales de los medios” …
  9. Nuevas formas de aprendizaje y de educación: el “homeschooling”, la educación autodirigida,  la “punk education”, aprender con tutoriales… En un mundo donde, como prescribía Sócrates, “educar no es llenar un recipiente, sino prender una llama”, Internet es estopa…

Y como inevitablemente nos estamos deslizando ya, quizá es momento de abrir aquí una segunda lista, la que recoge aquellos temas que tienen que ver con reflejar el papel de las TIC en la vida de las personas y en concreto, en la de niños y jóvenes y que podría incluir, además de algunas ya recogidas en la lista anterior, cosas como:

  1. La construcción de la identidad en la red, la gestión de impresiones, la posibilidad de tener identidades múltiples con componentes diversos e incluso contradictorios…
  2. El solapamiento y la contradicción de los círculos sociales en el espacio tangible y en el espacio digital: ¿líder en la red, marginado en el patio?
  3. La gamification como herramienta de control de comportamientos y hábitos, con sus corolarios utópicos y distópicos.
  4. Crowdfunding: juntar dinero de muchos pequeños “inversores” para hacer grandes cosas. Como Riot Cinema con “El Cosmonauta”.
  5. Crowdsourcing: hacer algo grande entre muchos. ¿Cómo? Gente aprendiendo idiomas a la vez que ayuda a traducir páginas web, personas descubriendo exoplanetas por diversión o contribuyendo con su trabajo a investigaciones científicas…

¿Existen esos manuscritos? O mejor aún, ¿existen escritores capaces de escribirlos?

Así que hoy os pido ayuda. Tres ayudas:

La primera, para completar estas listas u otras similares. ¿Qué temas echamos de menos como lectores, como ciudadanos, como padres, como profesores, como editores…?

La segunda, para localizar esos manuscritos y sacarlos a la luz. Cuanto antes.

Y la tercera, para movilizar a los escritores, consagrados o noveles, profesionales o amateurs, apocalípticos o integrados, de modo que aprovechen estos silencios clamorosos de la LIJ como combustible creativo.

Estoy convencida de que entre los chavales de esta generación hay una enorme demanda latente de libros que aborden estos temas. ¿Es que vamos a esperar a que se hagan mayores y se los escriban ellos mismos?

Sí, sí, como suena, estamos buscando primeras veces. Esas primeras veces que nos cambian, que nos transforman en una persona un poquito diferente. Esas primeras veces que todos experimentamos alguna vez en la vida y que, de alguna manera, se convierten en un “rito de paso” que nos lleva de un yo a otro yo. Primeras veces ya vividas y primeras veces anheladas. Primeras veces en primera o en tercera persona. Primeras veces en pasado, en presente o en futuro. Primeras veces reales o inventadas. En definitiva, primeras veces que merece la pena compartir.

¿Que por qué? Porque queremos “experimentar y aprender con nuevas formas de literatura, y en el camino animar un diálogo intergeneracional alrededor de esos grandes o pequeños ritos de paso que marcan nuestro tránsito por la vida”.

Y porque sospechamos que hay muchos y buenos escritores escondidos que tienen mucho que contar y queremos que “salgan del armario”.

¿Que para qué? Para lograr que de esta experiencia salga un libro de relatos en el que los textos de escritores profesionales se codeen con otros de personas de cualquier edad que aman escribir aunque escritor no sea la profesión que figura en su tarjeta de visita.

¿Que cómo? Muy sencillo. Visita La primera vez que…, lee los relatos y si te apetece, comenta esas primeras veces que otras personas han querido compartir.  Después, piensa en esa primera vez que es tan especial para ti (o que crees que lo será, o que lo fue para alguien que conoces), conviértela en un relato y envíanosla utilizando el formulario, junto con una pequeña nota acerca de ti. Si te apetece, puedes mandar la foto con que la ilustrarías. Si no, nosotros le pondremos una que esté a la altura.

Queremos leer tus primeras veces, las de tus padres y las de tus abuelos. Las de tus vecinos y las de tus compañeros de clase o de trabajo. Las primeras veces de tus alumnos y las de tus profesores. ¿Nos ayudas a que se enteren?

Acabar bien

26 marzo 2013

Hoy, en la comida, mis hijos comentaban algunos de los tremebundos argumentos que desarrolla Jacqueline Wilson, una de sus escritoras favoritas, en sus novelas para niños y jóvenes. Padres divorciados varias veces, progenitores que se marchan de vacaciones con el amante de turno dejando a los niños solos al cuidado de un hermano o hermana de catorce años, chavalines que deben enfrentarse solos a un accidente o una agresión, adultos con niños a su cargo que se emborrachan hasta la inconsciencia… y otras situaciones familiares y sociales que, aunque no pongo en duda que se den en la realidad, por su frecuencia rozan lo inverosímil.

Les pregunto: “¿y por qué os gustan esos libros?”  Se encogen de hombros: Molan”.

Ante mi expresión, y quizás en un intento de justificarse, añaden: “Pero muchas acaban bien”.

Acabar bien. Esa respuesta me hace recordar una frase de la reseña de El rostro de la sombra que hizo en su momento una bloguera: “estoy acostumbrada a leer historias sobre personajes torpes y egoístas que al final se enderezan y se convierten en personas decentes”. Y en un comentario a esa reseña, alguien remataba: “se echa de menos un final donde quede todo bien definido”. ¿Es eso “acabar bien”?

Venga, sin miedo. ¿”Acabar bien” es que “los malos” se rehabiliten y que el amor triunfe? ¿Es acabar bien que todo desemboque en un “deber ser” bien visto socialmente? Me temo que “acabar bien” es entonces sinónimo de una resolución que no nos produzca desasosiego, que no nos perturbe, que no nos entristezca, que no nos haga plantearnos cosas que hagan tambalearse nuestra cómoda cotidianidad.

Así que intento explicar a mis hijos que la vida, a veces, no acaba bien. Intento hacerles ver que quizá tenemos un concepto equivocado de qué es acabar bien, tanto en las novelas como en la vida. Me gustaría que entendieran que “acabar bien” no es siempre que los acontecimientos se desenvuelvan como uno quiere, como a uno le gustaría o como uno cree que es justo. Que a veces “acabar bien” puede ser, simplemente, saber que, ocurra lo que ocurra, uno ha sido fiel a si mismo y al sentido o sentidos que haya querido darle a su vida. Les pongo un ejemplo: La historia de Iqbal. En este caso, tanto la realidad como la novela “acaban mal” en el sentido convencional del término. Iqbal, un chaval honesto y decidido de muy pocos años, muere asesinado y “los malos” quedan, probablemente, impunes. Pero en otro sentido, la historia de Iqbal acaba bien, porque nada consigue que el protagonista se aparte de lo que considera su prioridad: destapar la injusticia, cueste lo que cueste.

Claro está que mis hijos tienen once años. Y, en su mirada de niños que empiezan a no serlo, intuyo que el “acabar bien” normalizado al que ellos se referían cumple una función: aplacar la ansiedad que pueden generar las historias leídas. Quiero creer que esa ansiedad, aunque calmada, ya lleva en sí misma la semilla de una inconformidad constructiva.

Al final, me quedo pensando que quizá todos necesitamos, de vez en cuando, una historia que “acabe bien” en el sentido clásico, aunque solo sea para seguir creyendo que es posible.

¿Proteger o protegernos?

24 febrero 2013

Un tema imposible de eludir cuando se trabaja para niños y jóvenes es el de si el contenido es “adecuado” para lectores de una determinada edad. Las opiniones son diversas y, por supuesto, todas respetables y discutibles por igual, dado que se basan en aquello de lo que cada uno considera necesario proteger a los niños. O no protegerlos.

La cuestión es que no somos niños, ni los niños de hoy son iguales a los niños que fuimos. Ponerse en el lugar de los niños y jóvenes de hoy sin serlo es uno de los retos de editar LIJ (y más aún de escribirla o de seleccionarla para ellos). Por eso me encantó esta entrevista gráfica que el autor de cómics Art Spiegelman le hizo al autor de literatura ilustrada infantil Maurice Sendak en la revista New Yorker:

La infancia es “profunda, rica, vital, misteriosa, honda“, dice Sendak. Y sí, quizá nos asustaría conocer al niño que llevan dentro nuestros niños, como probablemente nos asustaría recordar, de verdad, sin romanticismo ni falsos idealismos, al niño que realmente fuimos. Porque efectivamente, sabíamos cosas terribles y sabíamos que era mejor que los adultos no supiesen que las sabíamos. ¿O no?

Determinar cómo se traduce esto a nuestro trabajo con o para niños no es tarea fácil, pero a mí me hace reflexionar. Me hace plantearme si al rechazar una novela para niños por demasiado dura pensamos en los niños o en los adultos que las leerán y nos juzgarán a través de ellas. Me hace pensar si como sociedad tenemos unos parámetros acertados respecto a de qué cosas hay que proteger a los niños y de cuáles no. Me hace mirar hacia nuestro papel como adultos que educan, hacia el sentido de la educación, hacia el trasvase entre el niño y el adulto que se produce en ese proceso. Y sin duda, me hace reflexionar sobre cuál debería ser la postura de la LIJ ante todo esto.

No tengo todas las respuestas, pero como casi siempre, creo que en este caso las preguntas son más importantes.

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