Hechos de lectura

4 julio 2010

Cuando uno observa lo que publican las editoriales, enseguida queda claro que hay diversas actitudes hacia la edición (también hacia la creación, pero de eso, que hablen los autores): publicar lo que uno quiere, lo que le gusta, lo que le parece que merece ser publicado, lo que sirve a sus intereses, lo que vende bien, lo que puede transformar a más lectores, lo que da mayor visibilidad social…

Yo, personalmente, tengo claro que los bienes que yo produzco no son  libros, sino “hechos de lectura” significativos. Y no hechos de lectura en cualquier persona, sino en el público al que me dirijo: los chavales. Que un adulto me diga que un libro que yo decidí publicar le ha gustado (conmovido, transformado, impactado), me hace gracia. Que me lo diga un chaval me llena de orgullo.

Para no confundirnos, definamos qué entendemos por hechos de lectura. Hecho de lectura es conseguir que un chaval se entere de que el libro existe; es que quiera leerlo; es que lo empiece y no quiera dejarlo; es que, de esa lectura, salga transformado en mayor o menor medida (o sea, que su visión del mundo se haya ampliado, que se haya hecho preguntas, que lo leído le haya conmovido —perturbado, inquietado, alterado—, que se haya replanteado su actitud ante las cosas…); es que quiera que otros como él lo lean, y por tanto, lo cuente, lo recomiende, lo preste; es que, al terminarlo, quiera más libros como ese; es, en fin, que la experiencia de esa lectura anide en su cerebro y se quede allí como una lectura que conformó de alguna manera su visión de las cosas.

Sin hechos de lectura, la tarea del editor (también la del autor, y la del mediador, ya sea profesor, bibliotecario o recomendador de cualquier tipo) queda flotando en el vacío.

Probablemente ya lo he escrito en más ocasiones y probablemente esta no será la última: un libro que se queda en las estanterías, por muy maravilloso que nos parezca, por muy estupenda que sea la edición, por muy transformador que sea su contenido, por mucho que refleje con honestidad el mundo literario del autor, por muy buenas críticas que reciba por parte del “mundillo”…, no tiene ninguna oportunidad de impactar en el lector, de modificar, aunque sea un poco, su mundo.

Habrá quien diga que no importa, porque su objetivo primordial no es llegar al lector, sino publicar buenos libros de los que sentirse orgulloso como editor. O libros comprometidos con esta o aquella causa. O libros esteticistas que pretenden formar el gusto del lector y que merezcan el favor de la crítica, al margen de si al lector le llega a interesar o no. Vale.

Pero mi finalidad no es hacer libros. Mi finalidad es conseguir hechos de lectura. Ahora es haciendo milhojas con pasta de madera. Más adelante, veremos.

Por eso, cuando veo que un libro tiene muy buenas ventas, me alegro, pero  todavía me queda la duda de si se han producido hechos de lectura o no. Pero cuando veo un libro usadísimo en una biblioteca, machacado de haber pasado por muchas mochilas, con manchas de bocadillos de varias generaciones, con las hojas dobladas en un montón de páginas… entonces sí, entonces no me queda duda de que el libro ha cumplido su misión. Y yo, también.

22 comentarios to “Hechos de lectura”

  1. Maria said

    Hola Elsa, no podría estar más de acuerdo. Yo también creo que los libros se tienen que publicar para ser leídos y disfrutados, siempre teniendo en mente al posible lector al que ese libro se dirige.
    En el ámbito LIJ este hecho gana aún más importancia, porque si un niño disfruta con un libro y pide otro (y otro, y otro), estamos creando un lector, estamos creando y alimentando ese gusanillo lector que se queda dentro durante toda la vida.

    El mayor éxito para un editor (o para mí en concreto) es que el libro que publica, es un libro leído que hace que ese lector quiera leer otro libro.

    Os recomiendo un post que publiqué en mi blog hace un mes que habla sobre esto en el ámbito de la literatura infantil y juvenil.
    http://menorcadiario.net/blogs/mariacardona/2010/05/25/literatura-infantil-i-juvenil/

  2. Alexia said

    ¿A qué te refieres con “que está en la estantería?” ¿En la de quién?

    • elsaaguiar said

      En la estantería del niño, de la biblioteca, de la librería… Pero no digo “el libro que está”. sino “el libro que se queda”. El que se queda allí por años porque nadie siente el impulso de leerlo.

      • Alexia said

        Ah, vale, vale. Ahora ya tiene más sentido xD
        Es que iba a decir que yo los libros que me gustan mucho los conservo como oro en paño, no los dejo deteriorarse como los de las bibliotecas ^^u

        Pero sí, ahora ya todo claro. Y comparto tu opinión. Si un libro no sirve para su finalidad: ser leído y aportar un mínimo al lector (aunque sea mínimamente entretenimiento), entonces ha fracasado.

  3. Blumm said

    Hola, Elsa.

    Lo que escribes lo compruebo en mi hija de casi siete años. Hay libros a los que no ha vuelto más y otros, sin yo incitarla, los ha rescatado y se los ha vuelto a leer. Es más, hay libros que ha sacado de la biblioteca hasta tres y cuatro veces.

    Ahora que has escrito sobre el “hecho de lectura” voy a investigar por qués y averiguar sobre qué tratan esos libros.

  4. Gabri said

    No son pocas las cosas que le pides a un libro para que se transforme en un “hecho de lectura”, sin embargo, cada uno de esos puntos a cumplir por parte de un texto con dicha aspiración son del todo subjetivos.

    Quiero decir, probablemente a ti y a mí nos ha cambiado un buen puñado de libros. Probablemente, más de uno, más de dos y más de tres nos han tenido leyendo hasta las tantas. Probablemente, hay algunos títulos a los que siempre volvemos entre libro y libro. Quizá hayamos pegado ya con celo las tapas de aquel ejemplar que siempre ha viajado con nosotros en cada una de las mudanzas y, a buen seguro, gracias a más de un autor hemos cambiado/ampliado/cuestionado la mirada y la perspectiva con las que nos enfrentábamos a ciertas cosas…

    …Ahora bien, a buen seguro que si hacemos la lista, tus “hechos fenomenológicos de lectura” no coinciden con ninguno de los míos.

    Y ahora es donde entra el papel del editor. Si como editores aspiramos a eso –y te doy toda la razón: hay que aspirar a eso–, también es cierto que partimos desde nuestra absoluta subjetividad a la hora de proponer un catálogo. Es cierto que existen, afortunadamente (ironía), razones objetivas a la hora de tomar una decisión a la hora de publicar, razones que todos conocemos y que no solo tienen que ver con la naturaleza del texto, si no con motivos empresariales. Pero lo cierto es que no deja de producirme cierto vértigo mi propia subjetividad, nuestra propia subjetividad…

    Un editor puede tener olfato para intuir por dónde van los tiros del mercado, puede saber qué autores gustan más al público, qué tipo de historias son, estadísticamente, las que más gustan a los lectores…Pero saber si un texto va a cambiarle la vida a alguien… eso me parece harina de otro costal.

    Sí, puedes tener la certeza de que estás ante un texto que tenga todos los ingredientes para “revolucionar por dentro” al lector en los términos que decías… Pero luego llegan la realidad…y los lectores, con sus subjetividades distintas a las tuyas…

    Más de uno se llevó las manos a la cabeza ante el éxito de “El código Da Vinci”. Pero estoy seguro que para más de un lector la novela de Dan Brown ha sido un auténtico, “hecho de lectura”, porque para ellos cumplen los requisitos que enunciabas en tu post: Probablemente más de un lector se enteró de que el libro existía, quiso leerlo, lo leyó y no quiso dejarlo, su visión salió transformada sobre algún aspecto del mundo (“Dios mío, Cristo tenía un affair con María Magdalena” “El Vaticano nos engaña a todos”, quiso que otros lo leyeran, alimentando ese boca a boca al que tanto rezamos los editores, y por último, salió en busca de más libros como ese.

    Bienvenidos sean libros así pero, ¿tú como editora lo hubieras publicado?

    Con todo este rollo quiero decir: hay casi tantos hechos de lectura como editores, lectores y libros.

    Aún así, he de decirte que sí, que estoy de acuerdo contigo, que tenemos que aspirar a tener un catálogo lleno de hechos de lectura, sean de la clase que sean.😉

    • laura said

      Sí, Gabri, eso. La decisión se toma antes de saber. Y las previsibilidades acaban justo en el misterio de cada subjetividad, de cada lector. Supongo que se producen dudas distintas. Sobre la respuesta del mercado o la aceptación de los lectores o como se quiera plantear. Pero me imagino que si tienes sobre la mesa un “Varón Rampante” de Calvino, por ejemplo, una escritura así inclinaría la balanza. Lo imagino, porque ahora es fácil, alguien ya tomó el riesgo.
      Y también es cierto que esos no llegan con frecuencia.

    • elsaaguiar said

      Bueno, sí tienes razón en que hay hechos de lectura que yo no querría producir. Por eso hablaba de hechos de lectura “significativos” y en ese “significativos” englobo todo lo que es importante para mí (Subjetivo? ¡Claro!). Por supuesto, el hecho de lectura significativo depende del lector, pero lo importante es, una vez más, la actitud. ¿Editar para la crítica? ¿Editar lo que te gusta? ¿O editar para intentar conseguir hechos de lectura significativos? Una vez tomas esa primera decisión, muchas otras se toman casi solas. Sin perder de vista que, en esto, como en todo, el fin no justifica los medios, y hay muchas cosas que jamás publicaría aunque estuviera segura de que va a producir hechos de lectura (aunque dudo de que fueran significativos, o al menos, significativos en el sentido que yo le doy a esta palabra). Besos

      • Gabri said

        De nuevo, estamos entramos en el terreno de lo subjetivo. Que no sean significativos para ti, no quiere decir que no sean significativos para alguien, le demos el sentido que queramos a la palabra. Volviendo al manido Código da Vinci, probablemente tú no lo hubieras editado, pero no se puede negar que el libro ha sido significado para un buen puñado de lectores, que antes no cogían un libro y ahora viven con el gusanillo de la lectura. No leerán 300 libros al año, jamás se tomarán un café con Harold Bloom para discutir sobre su Cánon Occidental, pero leen. Lo que sea, pero leen. Y eso es significativo.

  5. laura said

    Continué pensando a partir de lo que escribes, Elsa (porque lo interesante para mí de un espacio como este, tiene que ver con la posibilidad de “pensar con otros”) Me parece que uno no puede producir “hechos de lectura” porque escapan a la posibilidad de control. Uno puede producir libros que desencadenen hechos de lectura. O palabras en una radio o programas en la tele. O portales en la red. O clases en la escuela. Digo que muchísima gente participa de diversos “hechos de lectura” pero ninguna es responsable de esos “hechos” porque abarcan un universo enorme. Inasible por el momento. Porque terminan en la elección de cada una de las personas. Personal e íntima.
    Ya que el interés sobre un objeto nos convoca especialmente (el libro -por ahora-) me parece que estaremos de acuerdo en que quisiéramos que los libros circularan. Autores, bibliotecarios, especialistas, editores. Quisiéramos que se vendieran mucho, que se prestaran mucho. En fin, todos quisiéramos que esos libros no quedaran muertos en las estanterías.
    Pero la cuestión es que la decisión de producir o no el libro, se toma antes de que el libro exista. Elegir ese original por encima de otros y pensarle un cuerpo. Y esa decisión se toma teniendo en cuenta muchas aristas que ya mencionaste en otras entradas. Claro que cada uno sabe el perfil de lo que produce y puede elegir. Los autores eligen a qué editorial enviar, los editores qué originales editar, los especialistas qué libros recomendar y los lectores qué libros comprar.
    Otra cuestión compleja es que cuando los destinatarios son niños, las elecciones están atravesadas por la mirada de los mediadores: padres, maestros, bibliotecarios que propulsarán o no, enriquecerán o no, esos hechos de lectura. A veces coincidirán y verán que los niños se apropian de ese libro que los adultos valoran. Otras no. Yo he visto muchas veces que libros, que la crítica valora, no producen ningún interés en los chicos. Y he pensado que probablemente la destinación estaba equivocada. Tal vez esos libros tan bellos para adultos, sean para adultos, aunque estén en una colección infantil o juvenil. Muchos autores publican en colecciones para niños porque no acceden al circuito de la literatura para adultos. Me parece que eso también ocurre.

  6. Teresa Cameselle said

    Como lectora empedernida que soy, entiendo muy bien de qué estás hablando. Todos tenemos libros en la memoria, mejor dicho, en el corazón, que recomendamos una vez y otra sin dudarlo, y que casi podríamos recitar de memoria. Sin embargo, como todo, es un tema subjetivo.
    A mí me encanta leer novela juvenil, por ejemplo disfruté muchísimo con la trilogía de Memorias de Idhún, lectura que compartí con mi hijo mayor, sin embargo ninguno de los dos hemos podido pasar nunca de las cien primeras páginas del primer Harry Potter. Esto por poner ejemplos de títulos muy conocidos.
    Quiero decir que hay libros bueno, muy buenos, y también los hay malos, desgraciadamente, pero lo que a mí me llega al alma, lo que me emociona, lo que me inspira, no va a ser exactamente igual a lo que le llega a cualquier otra persona, porque, como para todo, tenemos gustos diferentes, y en el caso de las lecturas, también influyen vivencias, nostalgias y sueños.

  7. Laura said

    En cambio en mi caso, vi cómo mi hija pasaba de ser inactiva/pasiva ante los libros -cualquiera-, aunque yo intentara convencerla de introducirse en ellos, a ser no sólo lectora voraz sino también escritora, productora de sus propias historias y sus vivencias, gracias ¿a quién? pues a Harry Potter. ¡Mira si es subjetivo el hecho de lectura!

  8. Palma said

    Elsa, yo siempre me pregunto hasta qué punto los “hechos de lectura” que apuntas, y que comparto, están, sin embargo, ligados a las modas del momento, a la publicidad, al impulso “visual”. Un adulto tiene formada su tendencia literaria, un niño vive ese proceso a través de lo que llega a sus manos desde otras manos que casi siempre tienen prisa, o escaso conocimiento de los libros para niños (cualquier cosa vale, se dice con frecuencia, el caso es que lean)o cierto interés en que se lean determinadas obras.
    En cuanto a los adolescentes, demasiado entretenidos con sus cambios vitales, la búsqueda individual también cojea, el grupo tira fuerte, y los libros de moda (en el mejor o peor de los casos) se cuelan en sus estanterías.
    Creo, como tú, que hay que generar “hechos de lectura”, pero también creo que es tarea de todos los que pensamos que la lectura mueve las mentes, genera ideas propias y actúa sobre el terreno emocional, abrir caminos a los niños y a los adolescentes para que elijan con criterio propio.
    ¿Cómo hacerlo?

  9. Gonzalo said

    Partiendo de la base de que no ha habido, ni hay (ni creo que haya nunca) un solo camino para la lectura, asumiendo que grandes lectores empezaron por lecturas vacías y otros ya por lecturas con contenido literario, creo que no hay más respuesta al “cómo” que la de hacerlo posible: que los niños y jóvenes tengan acceso a la lectura a través de la variedad. Y que elijan. Como me contestaba mi madre a ¿qué puedo leer?: lo que puedas. Pero si la calidad de lo que se lee es opinable, ¿qué decir de la calidad de lo que uno escribe, o de la calidad que uno cree poner en lo que escribe, y más aún de la calidad de lo que se edita? Criterio y libertad. En una colección, en una biblioteca. Ese es el binomio.
    A Laura le diría que también al revés. Si muchos niños o adolescentes acceden a la literatura a través de libros “para adultos”, ¿quién decide esos niveles en cada colección? No, no hay reglas. Dependemos de lo que otros escriban, pero también de lo que otros decidan publicar en una u otra colección. Y los nuevos lectores, que elijan.

    • Laura said

      Te doy toda la razón Gonzalo. Me enmarañé con alguna cuestión puntual. Y ahora que lo pienso, fue asunto del autor y su proyecto personal. Es verdad que los criterios que deciden qué libro es para qué edad son poco consistentes en general y que cada lector es diferente. En todo caso, ampliar los márgenes aumenta la variedad. Y el problema de un libro para una minoría desde mi punto de vista es menor ya que, ¿que otra cosa somos sino una multitud de minorías?. Muy cierto. Por otro lado las colecciones existen también para transgredirlas. Al menos para mí era muy emocionante conseguir una lectura “no apropiada” para mi edad. Por cualquier circunstancia, incluso por grado de dificultad.

  10. María Jesús Juan Meseguer said

    ¡Hola Elsa! Espero que no te moleste que te escriba por aquí pero no encuentro una dirección de correo.
    Me llamo María Jesús Juan Meseguer y soy alumna del V Master de Literatura Infantil del CEPLI donde estuviste ayer.
    Recientemente he escrito una novelita juvenil. ¿Te importa que te la envíe? Me gustaría tener la opinión de alguien que realmente sabe de esto.
    Puedes leer el primer capítulo en el grupo abierto de facebook “Mi primera novelita juvenil. No digas que fui un sueño”
    ¡Un saludo!

  11. Begoña said

    Me pido tímidamente una entrada acerca del sentimentalismo en la escritura. Después de mucho indagar me encuentro con que es un vicio pésimo que cruje a todo editor.
    Ahí lo dejo. Saludos.

  12. andrés sobico said

    Hola Elsa!
    Creo entender que tu objetivo es producir artefactos.
    Arte Factos, “Arte- Hecho” “Hecho-con-Arte” “Hecho-de-Arte”.

    Un saludo desde el Río de la Plata.

  13. fernando said

    Hay un punto del texto que me llama la atención. Habla de que el libro “transforme” a quien lo lee, que le haga pensar, que lo golpee… correcto, como punto de partida es estupendo. Pero en estas edades creo que esos objetivos deben quedar supeditados a uno mayor: entretenimiento de calidad. Lo que importa es que un chaval de doce años que se mete en un libro no pueda salir, que trama y personajes lo lleven del cuello hasta la última página y descubra que la lectura es, sobre todo, una fuente de placer. Las enseñanzas ya vendrán después.
    Ahora tengo 30 años y me considero un buen lector. De adolescente no pretendía leer nada que me cambiase. Sólo que me excitase la imaginación.

  14. Ikima said

    Fernando, precisamente ese descubrimiento, darse cuenta de que la lectura es un gran placer, encontrar un libro que te lleva del cuello hasta la última página, es lo que yo consideraría la transformación. Es posible que el niño-adolescente que lee ese libro no sea consciente, pero el inmenso placer de la lectura le está transformando, le está llevando de la mano a ser lo que es en el futuro: un buen lector de 30 años, o de X. No hay nada más fluido que la imaginación, de modo que cualquier cosa que la excite (y un libro está en la cima de esta cualidad) nos cambia de forma radical.

  15. […] alguna entrada, yo hablaba de que mi objetivo era conseguir hechos de lectura, es decir, ayudar a generar, seleccionar y publicar libros que impacten en el lector, libros que […]

  16. […] sí, porque como ya hemos comentado en otras ocasiones, nuestro objetivo principal no es hacer libros, sino  conseguir “hechos […]

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