Cuestión de prioridades

2 noviembre 2011

¡Qué juego dan las charletas entre colegas (profes, escritores y editores) y los intercambios en blogs! No solo por lo que realmente se dice, sino por lo interesante que es analizar después las cuestiones de fondo que están ahí configurando la discusión aunque no nos demos cuenta.

Me pasó el otro día, charlando de las novedades de LIJ de estas navidades y me daba cuenta de que, en las opiniones de cada quien estaba presente implícitamente una postura de fondo que tiene que ver con qué considera cada uno más importante: ¿que la literatura forme (aunque unos lo llamen “apoyar el currículum”, y otros, “que tenga valores”)? ¿Qué sea buena literatura (es decir, literatura “literatura”, no un sucedáneo más o menos bienintencionado? ¿O que sea atractiva para los lectores?

Aunque probablemente mi respuesta personal a esa cuestión está contenida en muchas de las entradas de este blog, he decidido que este es un buen momento para explicitarla más aún, por si no estaba del todo claro.

En alguna entrada, yo hablaba de que mi objetivo era conseguir hechos de lectura, es decir, ayudar a generar, seleccionar y publicar libros que impacten en el lector, libros que logren una transformación, del tipo que sea, en él. Bueno, pues “desarrollado”, mi objetivo es formar personas a través de literatura de calidad atractiva para los lectores.

Yendo de abajo a arriba, por tanto, mis prioridades son publicar libros de tanta calidad literaria como sea posible sin dejar de ser atractivos, y tan atractivos como sea posible sin dejar de contribuir a la formación del lector.

Una vez que tienes claros tus objetivos, una vez que tienes explicitado lo que quieres y lo que buscas, todo se vuelve un poco más fácil. Y así, si alguien me dice:

-“Es que ese libro no es de gran calidad literaria”. Pues yo voy a mis principios y me digo: ¿es atractivo? ¿Gustará a los chavales? ¿Trans/forma? ¿Sí? Pues entonces vamos adelante.

-“Es que este libro es muy entretenido y va a gustar mucho”. De nuevo a los principios y me pregunto: ¿Aporta algo a la transformación de los lectores? ¿Tiene al menos algo de calidad literaria? Y si la respuesta es no a ambas preguntas, pues no es el tipo de libro que yo querría publicar.

-“Es que este libro está maravillosamente escrito, es literatura pura, aunque como toda la calidad, es difícil”. Vale, pero, ¿es atractivo para el lector? Porque si a quien gusta es al adulto que lo recomienda y no al chaval a quien va dirigido, de nuevo, no es el tipo de libro que yo querría publicar.

Y así con todas las posibilidades que se puedan presentar, aunque sin perder de vista que hay pocos libros que lo tengan todo en la proporción que a todos nos parecería la adecuada y que lo ideal es que cada libro tenga una proporción variable de cada uno de esos tres ingredientes que yo considero básicos.

Y esto es importante: ni todos los libros tienen que transformar radicalmente la vida del lector, ni todos los libros tienen que ser el exponente de la mejor literatura, ni todos los libros tienen que ser tan atractivos para el lector que no requieran ningún esfuerzo por su parte. En esa mezcla de esencias e ingredientes está la habilidad del escritor para llegar a diferentes tipos de lectores en momentos diferentes de sus vidas. Porque, al final, lo interesante es que haya de (casi) todo. Y lo que hay que hacer es enseñar a elegir bien.

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