Hacer que pasen cosas

12 agosto 2012

Llevaba yo varias semanas dándole vueltas a una entrada bajo el título “¿Hay sitio para el editor?”. Diversos artículos y en concreto el “intercambio” entre la editorial Hachette y el escritor autopublicado Konrath, me instaban a poner en claro cuál es para mí el papel que puede tener un editor en el nuevo contexto en que vivimos. ¿Que por qué?

Bueno, quizá porque muchas de las supuestas funciones insustituibles del editor que enumeraba Hachette en aquella  carta tienen más que ver con lo que puede aportar una editorial (claro, en español utilizamos la misma palabra para lo que los ingleses dividen entre Editor y Publisher) y mi interés principal es el editor(en el sentido del primero de esos dos términos en inglés). Y porque de algunas de esas funciones (como “encontrar y alimentar el talento”, “actuar como colaborador del autor en el proceso de escritura” o ”funcionar como pioneros explorando y experimentando”) yo también haría bandera, pero, en general, la carta se me quedaba un poco corta para definir el alcance de lo que yo querría hacer como editora en los próximos años.

Y sobre todo porque, de fondo, en mi cerebro no dejaba de sonar aquello que escribió Sara Lloyd, editora de Pan Macmillan en su “Manifiesto de una editora para el siglo XXI”, hace ya cuatro años: “los editores tienen que trabajar a toda prisa en definir cuál es la quintaesencia de la edición”. Evidentemente, no hay una sola definición posible. Cada uno debe elaborar la suya, y probablemente muchas son compatibles y no excluyentes, pero la mía tiene mucho que ver con otra frase de ese manifiesto: “los editores tendrán que verse como configuradores y facilitadores”.

Y ahí andaba yo,  pensando en esas funciones del editor a lo largo de la cadena de valor del libro y viendo un magnífico “hueco” en la concepción de nuevos proyectos;  en la tarea de “desbrozamiento” de las posibilidades de las tecnologías habilitadoras de nuevas formas de hacer literatura; en la labor de inspirar determinados proyectos a los autores, poniendo a su disposición las herramientas necesarias; en la formación y coordinación de equipos multidisciplinares para llevar adelante nuevas ideas; en la función de acompañamiento de los autores que quieran tener a su lado a un editor durante el proceso de escritura; en el reto de llevar la literatura a los lugares en los que está teniendo lugar la lectura en niños y jóvenes; en el contacto cada vez más cercano con los lectores…

Y entonces, mientras visualizaba ese futuro  lleno de posibilidades por explorar, un buen amigo (gracias,  Nano), me puso sobre la mesa una entrevista con Joseph Maria Castellet, director literario de Grup 62.  Merece la pena leerla entera, pero a mí me llamaron especialmente la atención estas frases: “para ser editor dependes de cuatro de los cinco sentidos al menos. Has de tener buen ojo, tienes que usar bien la nariz, debes pegar la oreja donde se debe y es imprescindible tener tacto. Y has de ser una persona muy bien educada”.  Y terminaba diciendo que “el editor debe ser una esponja, una esponja de verdad, y esta se localiza en el cerebro”.  Es una manera muy bonita de definir al editor, aunque irremediablemente te hace pensar si ese equipaje (ya de por si difícil de tener) será suficiente para los editores en los próximos años.

Quizá para los tiempos que vienen, el editor, además de ser una esponja, debería  tener una marcada dimensión “conseguidora”. Y para conseguir cosas, el editor, además de muy educado, tiene que ser un poco “liante”: alguien capaz de embarcarse  y embarcar  a todo el que haga falta en proyectos ilusionantes y prometedores, incluso algunos de resultado incierto. Por ahí va mi definición de la esencia del editor: un editor que, además de todo lo demás, sea alguien que hace que pasen cosas en el terreno de lo literario.

Qué cosas sean esas, y cómo vamos a hacer que ocurran, es lo que nos toca ir dibujando desde ahora mismo.

13 comentarios to “Hacer que pasen cosas”

  1. Alexia said

    La verdad es que todas tus dudas e inquietudes sobre ser editor me afectan bastante. Tú que estás más metida en ello sabrás qué ocurre realmente y si las cosas han cambiado o nunca han sido como yo creía, me desesperanza mucho.
    Yo siempre he concebido la idea de editor como los ingleses: una persona que recibe un manuscrito y a través de él es capaz de determinar sus puntos buenos y malos; si sus puntos buenos pueden merecer la pena para contactar con el autor y con él trabajar los malos; si es necesario trabajar codo con codo con él para que juntos pueda salir una obra mucho mejor y «haberla parido» entre los dos. Desde luego, en otros países, la figura del editor es mucho más importante que la que recibe en España. ¿Pero por qué? Aquí parece que el editor es más parte «publisher», quien se encarga de venderlo y decidir cómo llevarlo de cara al marketing, que como alguien que ha trabajado para que el libro sea bueno de verdad y a la gente le guste.

    • elsaaguiar said

      Mmm, pues si te genera desesperanza, Alexia, es que no he sabido expresarme bien. Todos los oficios, como cualquier cosa en la vida tienen que redefinirse y estar en perpetua revisión si quieren mantenerse vivos. Repensarae y reinventarse no debería generar desesperanza, sino entusiasmo e ilusión. De verdad.

      • Alexia said

        Eso lo entiendo, pero creía que las cosas no estaban tan «desactualizadas» por llamarlo de algún modo. Si hay que luchar y esforzarse por mejorarlas soy la primera en apuntarme, pero ya digo que pensaba que de por sí las cosas eran diferentes y al ver que no pues es un pequeño chasco. Pero está bien saberlo para saber a qué enfrentarme para intentar cambiar y mejorar poco a poco. En eso estoy de acuerdo con la entrada =)

  2. Yo pensaba que el editor era el encargado de decirles a los novatos que aún no están preparados.

  3. Rusta said

    “Hacer que pasen cosas en el terreno literario”, me gusta esa definición. Por mi parte, quizá lo que identifico más con el papel del editor en los nuevos tiempos es el hecho de hacer de filtro y crear una línea editorial en la que el lector pueda confiar. De todas formas, me da la sensación de que muchos lectores no se fijan en estas líneas, que los criterios de elección de lecturas se limitan demasiado a la sinopsis y al autor (cuando es alguien importante), y es una lástima, porque creo que fijándonos en la editorial y no en la sinopsis nos llevaríamos menos decepciones.

    También me parece interesante lo que comenta Alexia, editar en el sentido más literal de “pulir” los libros y trabajar con el autor. Una tarea muy desconocida para los que no somos más que lectores, y que seguramente por eso provoca horror en muchos. Estoy leyendo los comentarios de la entrada sobre el intercambio, y hay uno que explica muy bien lo que siento con respecto a este tema (está firmado por un tal Pincho):

    “Las cosas bien hechas transmiten su armonía, pero no dejan entrever todo lo que ha sido necesario para conseguirla. Me explico: ves el Partenón y estimula tu sensibilidad, pero no se te avienen todos los cálculos matemáticos y ópticos que Fidias tuvo que realizar para erigirlo así; del mismo modo, cuando un lees un libro sin esfuerzo y encuentras fácil y cómodamente lo que en él buscas, créeme que no es, en absoluto, un producto del azar. Hay un decir común en el mundo de la edición: si no se nota el diseño, está bien diseñado.”

    Me parece que tiene toooda la razón.

    Por mi parte, confío en el criterio de las editoriales y rechazo totalmente la autoedición: he leído unos cuantos libros de este tipo y desde la primera página me di cuenta de que estaban muy por debajo de lo que publica una editorial. Además, tampoco me gusta la actitud de muchos de estos autores, me da la sensación de que viven en una burbuja de “las editoriales son malas” y de ahí no salen. Presentan carencias importantes de cultura literaria, tienen prisas por publicar y no son conscientes de que saber escribir no es lo mismo que escribir bien; pero claro, para darse cuenta de ello deberían entender que el rechazo de las editoriales se debe a que todavía no son lo suficientemente buenos, no a que los editores no sepan apreciar su talento o no se atrevan a publicar novelas diferentes (ay, esta última excusa me pone de los nervios, ¡qué visión tan reducida del mercado!).

    En fin, la autoedición me transmite prisas, desconocimiento, inmadurez literaria. Será la opción de algunos lectores, pero no la mía. Espero que nunca llegue a ser una competencia seria para las editoriales, porque sería una pena perder la figura del buen editor.

  4. e said

    Yo lo que me pregunto es si hay un papel para un editor joven. Una editorial a la que llamar, a falta de un terreno propio en el que sembrar y ver crecer las cosas. Porque me parece que es un tiempo de renuncia…

  5. Hola a todos,

    La verdad es que tal y como dices que un gran grupo como Hachette tenga que tratar de convencer a los autores de que es ventajaso tener editor nos muestra el alcance que puede tener la autopublicación. Yo, en general, veo a los autores resentidos. Creo que hay mucha gente que escribe que ha sido rechazada por los editores tradicionales durante años y que cree que plataformas como Amazon les permiten ahora comprobar si el público valora su obra de verdad. Hace poco redactaba en mi blog un comentario la escritora Mercedes Gallego en este sentido. Realmente, hasta la aparición del digital los editores eran los dueños de los medios de producción(hablo aquí más del editor como dueño de la empresa, no del editor-trabajador que trata de impulsar las obras de los escritores como creo que es tu caso)y basaban su relevancia en la economía de la escasez. Ni más ni menos…recomiendo un buen texto en el que la relación tensa entre un editor, Jerôme Lindon, y un autor, Echenoz, se muestra tal como es(esta editado por Trama en la colección tipos móviles). El escritor parece un proletario talentoso que depende de la aceptación del editor que es como un gurú de la cultura que sanciona lo que es publicable o no. Esta relación de fuerza está siendo claramente modificada y el autor gana poder.

    Realmente es cierto que el editor debe buscar nuevos roles que generen valor añadido. Pero aquí está el problema. La propia inconcrección en que se tiende a caer muestra que no es fácil definir este nuevo rol. Tú decías en tu artículo que el editor podría ayudar “en la tarea de “desbrozamiento” de las posibilidades de las tecnologías habilitadoras de nuevas formas de hacer literatura”. ¿Será el editor del futuro un consultor tecnológico?…¿no apostará más bien el autor por ser autodidacta o apoyarse en expertos en informática?. Otra idea clásica que propones es apoyar al escritor “en la función de acompañamiento de los autores que quieran tener a su lado a un editor durante el proceso de escritura”. A mi modo de ver la tendencia es realmente que el escritor ahora cree su trabajo en contacto con una comunidad de lectores…ellos son los destinatarios finales y su voz es la que debe ser primordialmente escuchada. El artículo de Craig Mod(libros y edición posartefacto), traducido por Anatomia de la edición es significativo en este sentido.

    Sobre la ayuda que facilite el editor al escritor para entrar en contacto con los lectores también tengo mis dudas…las redes sociales pueden ser fácilmente gestionadas de forma directa por el autor, por ejemplo. Creo que debemos ir más allá, dar un salto cualitativo.

    Desde luego no creo que la propuesta pase por el modelo, digamos “sensorial” de Castellet. Yo leí la entrevista y creo que no entendí gran cosa. Me pareció un tono místico, demasiado inconcreto. No veo ideas válidas de futuro aquí.

    Creo que realmente el editor debe ser, para poder jugar un rol en el futuro, un gran conocedor del mercado y de los múltiples formatos que irán apareciendo. Decidir qué publicar en cada canal y controlar todas las opciones de venta será en suma complicado. Por aquí puede haber futuro quizás.

    No sé si he sido demasiado negativo, no pretendía serlo. No obstante me parece que queda un largo camino por recorrer y que necesitamos editores comprometidos que de verdad quieran añadir valor y aportar al proceso de forma justa. Se acabó aquello de basar en negocio en el aceso a la prensa y a una potente distribución…¿y qué pasa con los derechos?. ¿De verdad con las posibilidades de la autopublicación va a cederlos el autor tan alegremente como en el pasado?. Muchas preguntas interesantes por contestar!

    Un saludo

    Antonio.Adsuar

    http://ecosdesumer.wordpress.com/

  6. Noelia said

    Hola Elsa,

    He elegido Editar en voz alta como uno de los 5 blogs al que otorgar un premio Liebster. ¡Buen verano!
    http://cuentodelabuenapipa.blogspot.com.es/

  7. Begoña said

    Sinceramente creo que sigue habiendo sitio para el editor. Al menos sé que yo nunca dejaré de buscar el mío. Alguien que entienda lo que no logra entender el escritor, enfrascado en su historia hasta la médula.
    Saludos

  8. […] Hacer que pasen cosas, en Editar en voz alta: Interesantes estas notas sobre una editora que vislumbra el porvenir, en el contexto de los […]

  9. PSG said

    Lo único que todavía protege al proceso “convencional” de la edición del tsunami que se avecina es el hecho de que el libro es un objeto más singular que el CD de música o el DVD de una película. La red es hoy el universo cultural conocido. Nada es tan potente como una idea, y la idea de que la cultura ha de ser gratuita se ha abierto camino en las mentes de la mayor parte de los internautas, sin reparar en derechos de propiedad intelectual económicos ni en nada parecido. Las prácticas de Google ofrecen encima el ejemplo adecuado. Lo autores que se auto-publican tendrán también que ceder ante esto.

    Las editoriales que quieran sobrevivir tendrán que hacerlo vendiendo lo que sea menos libros. Los libros tendrán que ser el reclamo. O en todo caso no se los venderán directamente a los consumidores finales. A mi entender, va a haber una guerra de criterios, y la ganarán quienes mejor comprendan las nuevas posibilidades informáticas y quienes asuman que la democratización de la cultura no puede estar basada en que los editores son los únicos depositarios de cierta parte del santo grial de la cultura.

    Esta premisa ya se evaporó hace tiempo por tres sucesos desafortunados: el primero, permitir que NO autores, pero sí personajes de la vida pública, llegarán a ser escritores publicados y publicitados (muchas veces a través de premios inmerecidos); el segundo, la cesión parcial o total de lo más importante del trabajo del editor a los agentes literarios: la lectura de los originales; el tercero, basarse en una regla de marketing contracultural: acercar el producto al nivel cultural de la gente, en lugar de animar (aun pasivamente) a la gente a subir de nivel. Los espectadores de LA CLAVE en los años 70-80 son los mismos que veían los pseudo-debates de Hermida diez o quince años más tarde. Hoy ya no hay casi ni debates ni cultura política entre la población. Análogamente, J.K. Rowling tiene una fama literaria desproporcionada con respecto a su verdadera calidad: todos sabemos que ni se le acerca a Nöstlinger, Gripe o Kerr, por citar tres ejemplos. El papel de los autores no es protagonizar fenómenos de masas.

    Por culpa de este tipo de cosas es complicado reclamar ninguna clase de liderazgo cultural. Con todo, el panorama en LIJ es mejor (creo). Por supuesto, mil cosas siguen haciéndose bien en el panorama editorial, con constancia y con buen hacer; la prueba son los títulos buenos que siguen saliendo al mercado.

  10. Nano said

    Más vale tarde que nunca:
    “De nada, Elsa”

  11. Soledad said

    Hola, Elsa. Acabo de descubrir este blog y creo que me va a resultar muy interesante. Siempre me ha quedado la duda de si los editores han dicho que no a libros que pensasen que eran buenos simplemente porque no encajaban en ese momento en el mercado. ¿Te ha pasado alguna vez?
    Por otro lado, me gustaría invitarte a mi blog de relatos cortos. Espero que te gusten.
    Gracias
    http://soledadvegarelatos.blogspot.com.es/

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