Me preguntan en una entrevista si creo que la LIJ actual ofrece a los niños y jóvenes lo que estos demandan.

Uf, me digo. Es que la pregunta no es esa, la pregunta es otra. La cuestión es si la literatura, o el cine o la televisión o cualquier otra forma de ocio, arte o entretenimiento debe dar a los «consumidores» lo que estos demandan.

La respuesta, para mí, es clara, aunque doble: evidentemente, sí; evidentemente, no.

Evidentemente sí, porque como ya hemos comentado en otras ocasiones, nuestro objetivo principal no es hacer libros, sino  conseguir «hechos de lectura». Y un libro que no interesa, que no atrapa, que no impacta en el mundo del lector infantil o juvenil, es un libro fallido, por muy bien escrito que esté, por mucho que aporte  y por muy interesante y  maravilloso que sea.

Y evidentemente no porque ¿qué sería de nosotros si solo se nos ofreciera aquello que somos capaces de demandar? ¿Cuántos aficionados al cine estaban demandando en 1977 un western ambientado en una galaxia muy, muy lejana? ¿Y quién habría dicho en 1996 que los lectores infantiles estaban demandando obras de gran extensión y temática de magia? Pero llegaron George Lucas y  J.K Rowling y generaron esas demandas de una forma muy sencilla: creando una oferta. Como dijo Henry Ford, “si hubiera preguntado a la gente qué quería, me habrían dicho que un caballo más rápido”.

La demanda hay que cultivarla y fomentarla con una oferta rica, novedosa, motivadora, sugerente… Una oferta que descubra demandas que ni el propio demandante hubiera imaginado que tenía, que cambie las reglas del juego sin dejar de jugar a él.

En 2006, en un momento en que ya existía el teléfono, el correo electrónico, los SMS, los blogs, incluso las redes sociales… ¿cuánta gente demandaba un sistema que permitiera expresarse con textos de no más de 140 caracteres? No mucha, desde luego; pero llegó la gente de Twitter e hizo su oferta, generando la posibilidad de gestionar nuestra identidad en la red gracias a su sistema. ¿Se atendió una demanda? No. Se propuso una oferta visionaria.

Así que propongo que aspiremos a hacer una LIJ que no se limite a explotar las fórmulas que parece que funcionan, y explore propuestas nuevas. Una LIJ hecha desde la empatía con los lectores y la comprensión de sus hábitos, necesidades y creencias, no solo desde la imitación de los libros más leídos. Una LIJ que no se limite a gestionar el presente, y también apueste por abrir nuevos caminos.

Si realmente creemos que la rebeldía, el inconformismo y la creatividad están entre las mejores cualidades de los niños y jóvenes, hagamos una LIJ que esté a la altura de lo que más nos gusta en ellos: rebelde, inconformista y creativa. Si los niños y jóvenes son el futuro, hagamos para ellos una literatura de futuro.

Leer, editar y lo otro

19 enero 2012

La escritora Begoña Oro, a través de su blog, me reta a participar en un juego literario muy divertido. Así que, dispuesta a «complacerla», abro el primer libro que tengo a mano (me lo acaban de prestar y aún no lo he empezado a leer). En la página 45 (no justo al principio, es cierto, pero bastante arriba, por lo menos) mis ojos se van a la siguiente frase:

 “Hay un momento en que el danzarín desaparece y solo la danza permanece. En ese raro espacio, uno siente armonía”.

Para el juego literario que nos ocupa, es una frase preciosa, muy afortunada. Me la quedo. Pero sin querer evitarlo, como imagino que habrán hecho todos los participantes en este juego, sigo leyendo un poco más:

“Estar despierto y armónico crea la posibilidad del éxtasis. Éxtasis significa la dicha definitiva, inefable. Y cuando alguien ha alcanzado el éxtasis, cuando alguien ha conocido la cumbre de la dicha definitiva, la consecuencia de ello es la compasión. Cuando tienes esa dicha, te gusta compartirla; no puedes evitar compartirla, compartirla es inevitable. Es una consecuencia del hecho de tener. Empiezas a rebosar, a desbordarte. No necesitas hacer nada. Sucede por sí mismo”.

Y estas palabras, innegablemente maravillosas entendidas en el contexto del juego propuesto, de pronto lo exceden y me hacen pensar que ese “estado de flujo” (por decirlo en un lenguaje un poco menos new age) es también lo que buscamos como lectores: ese olvido completo de la ¿realidad?, esa inmersión absoluta en una historia, en la psicología de unos personajes, en la construcción de una trama que parece no tener costuras por ningún sitio. Cuando se consigue, con ella viene también la necesidad casi obsesiva de contarle a todo el mundo (de compartir) hasta los detalles más nimios de lo leído, detalles que ocupan por completo la percepción de la ¿realidad? (otra vez interrogada) de ese momento.

Y como todo es uno, en este punto no puedo evitar traer a colación el inicio de una entrada que había empezado ayer. Decía (y perdón por la autocita, aunque sea inédita):

«Estoy editando una novela maravillosa. Lo sé porque me cuesta despegarme del ordenador e incluso clicar en el icono del correo electrónico. Mientras voy recorriendo las páginas línea a línea, no dejo de pensar en el placer que es editar un buen libro: se parece a leerlo, pero es mucho más intenso. A medida que avanzas te vas mimetizando con la escritura y con el propio escritor, y, aunque parezca extraño, es en ese momento cuando mejor puedes ayudar a perfeccionar un texto, cuando te has zambullido en él y puedes juzgarlo desde sus propios presupuestos, desde su estilo y su idiosincrasia. Es un momento de comunión con el texto muy gratificante, al que, sin embargo, no conviene abandonarse, so pena de dejarse seducir por sus cantos de sirena y olvidar cuál es tu papel en ese momento.

Es bonito, ¿no? Tres cosas: leer, editar, y la que proponía Begoña, que tienen una en común: la desaparición del yo y la necesidad de compartir.

Conectar con la vida

6 enero 2012

Para aprender a leer necesitas libros, pero también precisas que alguien te muestre cómo conectarlos con tu vida.”

Esta frase de Daniel Cassany extraída de una magnífica entrevista en Imaginaria, da que pensar. Primero porque hace plantearse qué hacemos para mostrar a los lectores infantiles y juveniles cómo conectar los libros con sus vidas, pero sobre todo porque tras esa primera pregunta vienen otras más interesantes incluso.

Para empezar ¿qué es conectar un libro con la vida de un lector? Podemos dar una respuesta que incluya argumentos como que permite vivir en cabeza ajena experiencias vitales diferentes, que ofrece modelos de conducta alternativos, que facilita que el lector obtenga una representación nueva sobre su propia vida, que arroja luz sobre las propias perspectivas vitales… Es una respuesta válida, necesaria, pero quizá se queda un poco en la superficie.

Intentando dar con una respuesta más profunda (y seguro que hay muchas y seguro que tendremos la suerte de que algunas de ellas se nos ofrezcan en forma de comentarios) llego a varias intuiciones y a una única certeza: logramos que un libro conecte con la vida del lector cuando ese libro le ayuda a construir ideología, no política, sino vital. Cuando posibilita que el lector arroje una mirada moral primero sobre la ficción que acaba de leer, y a continuación, sobre su propia realidad.

La buena ficción, incluso la más escapista, no es materia inerte, sino un trozo de pensamiento, un vector capaz de generar una serie de transformaciones en la vida del que la lee que pasan a formar parte de su fisiología para siempre (dice un proverbio que corre por ahí: “Siembra un pensamiento y cosecharás una acción. Siembra una acción y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino.”)

Porque aunque no sea de forma inmediata y dramática sino sutil y acumulativa, quiero pensar que siempre hay un antes y un después de que un libro entre en la vida de una persona. Sobre todo si esa persona es un niño o un chaval.

 

 

Transgredir ¿para qué?

20 diciembre 2011

Que las palabras, aunque el diccionario se empeñe, no tienen el mismo significado para las diferentes personas, ya lo planteó magistralmente Milan Kundera en su Diccionario de palabras incomprendidas (en La insoportable levedad del ser). Y es que las palabras se tiñen de significados y vivencias personales, de connotaciones propias, de experiencias intransferibles… y también de significados construidos socialmente.

A veces, en una conversación, algo hace saltar la conciencia de que para la otra persona determinada palabra no significa exactamente lo mismo que para ti. Hay muchos ejemplos, pero últimamente no dejo de encontrarme con esa diferencia de significados en una de mis palabras favoritas para aplicar a la LIJ: transgresión.

Según el diccionario CLAVE, transgresión es “la violación de un precepto, de una ley o de un estatuto”. Según otros diccionarios, “actuar en contra de una ley, norma o costumbre”. Está claro que, cuando alguien reclama una LIJ transgresora, no está pensando en una LIJ que infrinja el Código Civil, sino en una literatura que desafíe lo establecido, ya sea en su contenido, en su estructura, en la mirada que ofrece el autor… o en el propio lenguaje. Y aquí es donde surge la diferencia de significado. ¿Es transgresora una novela infantil porque utiliza palabras como caca o culo? ¿Es transgresora una novela juvenil que reproduce la forma coloquial de hablar de un joven de hoy en día, con sus tacos, sus expresiones y muletillas? ¿Es transgresora una novela porque incluye escenas explícitas de sexo o de violencia? ¿Es transgresora una novela solo por ser lo que se ha dado en llamar “políticamente incorrecta”?

¿Por qué o cuándo es positiva la transgresión? ¿Qué significado subjetivo de “transgredir” es el que puede aportar algo más allá de conseguir escandalizar un poco a alguna mente bienpensante (y a estas alturas, tampoco tanto)?

Quizá ayude acudir a la etimología: transgredir, de trans (a través de) y gredi (ir). O sea, ir más allá de las normas, más allá de lo socialmente aceptado, más allá de lo convencional. Pero, ¿cuánto más allá? Una opción es conformarnos con decir, vale, transgredamos, vayamos más allá de las normas de buena educación que la sociedad nos ha inculcado: incluyamos tacos en las novelas, escribamos caca, culo, pedo, pis, demos espacio a lo políticamente incorrecto. ¿Suficiente? ¿Sentimos que ya somos transgresores? ¿Nos sentimos bien por ello y nos quedamos satisfechos?

¿O podemos ir todavía un poco más allá y tratamos de que nuestra transgresión sea un poco más profunda y motivada? Transgredamos, pero superando la actitud pueril del peque que se ríe cuando lee la palabra culo, la del adolescente encantado consigo mismo porque sus palabras o sus actos escandalizan a las viejitas que le observan desde un banco, superando el alboroto del que se ruboriza ante una escena de sexo. Hagamos una transgresión que merezca la pena.

Una transgresión que saque a la luz aquello que preferimos dejar oculto por pudor mal entendido, por pura perpetuación de temores o por simple conveniencia. Una transgresión que permita rebatir y redefinir los modelos de éxito que ofrecemos al niño y al joven. Una transgresión que espolee el inconformismo ante las injusticias estructurales que tan cómodamente consideramos inevitables. Una transgresión que subvierta las relaciones de poder que aceptamos sin plantearnos. Una transgresión que cuestione la realidad tal como la conocemos e incite a cambiarla.

Porque si no, igual la transgresión no merece la pena.

Cuartas de cubierta

7 diciembre 2011

Me encanta curiosear cuartas de cubierta (contracubiertas, como las llaman en otros sitios). Me encanta ese intento de transmitir lo que es una novela en unas pocas frases. Es, sin duda, un arte, y una de las tareas más difíciles a las que se enfrenta el editor, como bien sabe quien tiene que hacerlas a menudo (¿verdad, Gabri?).

Una buena cuarta de cubierta es probablemente el recurso más importante para transmitir al lector qué es eso que tiene entre las manos, o al menos, qué pretende ser. Si una cubierta puede hacer que un libro pase de la mesa de novedades a nuestras manos, sin duda el texto de cuarta es lo que más influye en que ese libro acabe viniéndose a casa. Al menos, en mi caso.

Como en todo, hay modas: desde las cuartas que intentan condensar la esencia del libro en tres o cuatro palabras, a las que ocupan todo el espacio disponible en letra pequeñísima. A mí, las que me dejan construyendo más expectativas sobre la novela que espero leer son las que, tras una introducción más o menos extensa para situar el argumento, terminan con una frase que aspira a capturar el alma de la novela. Si lo consigue o no, es algo que siempre podrá estar sujeto a interpretación, pero lo que me encanta es que esas pocas palabras dejan adivinar mucho acerca de los objetivos, los deseos y los anhelos del editor. Porque si detrás de la novela está la mirada del escritor, la cuarta de cubierta esconde la del editor.

Así que, por una vez, invirtamos el orden. Juguemos a escribir algunas frases finales de cuarta de cubierta aunque no haya detrás una novela que las sustente, con el deseo de que algún día exista una novela infantil o juvenil para ellas:

  • Quizá es que buscar buenas preguntas es más importante que encontrar las respuestas.
  • El primer “himno generacional” de los niños que han nacido con una consola en la mano.
  • ¿Quién decide quiénes somos “nosotros” y quiénes son “ellos”?
  • Una novela para tomar conciencia de que la paz es algo más que la ausencia de conflictos.
  • Para aquellos que creen que el amor, como el yo, es una tarea.
  • Un texto que nos hace preguntarnos quiénes son realmente los héroes.
  • Una novela que juega con las expectativas de lo que es la literatura juvenil, y les acaba dando la vuelta a todas.
  • Porque combatir la indignidad es asunto de todos.
  • Hacía falta una novela romántica que no pareciera escrita para chicas.
  • Tras la lectura de esta novela, no tendrás duda de que, como dijo Dennis Gabor,“la mejor forma de predecir el futuro es inventarlo”.

Si conocéis algún manuscrito al que le pudiera servir una de estas frases de cuarta, no dudéis en decírmelo 😉

Leo en el Diario de literatura juvenil eltiramilla un interesantísimo artículo sobre la situación actual de la literatura juvenil y lo primero que se me viene a la cabeza es ¡qué bien que Internet haga posible esto! Qué bien que gracias a personas comprometidas y con ganas, la crítica de LIJ tenga su lugar, una vez que ha sido abandonada por la mayoría de los medios generalistas. Por eso, enhorabuena a todos los que estáis ahí como lectores y como críticos.

El debate plantea algunas cuestiones muy interesantes con las que, en general, estoy de acuerdo. Me gustaría solo aportar una mirada que no está recogida en el artículo, aunque sí muy mencionada: la del editor, claro. ¿Las editoriales se hinchan a publicar los temas que están de moda? ¿Busca el editor modas que explotar más que publicar libros de calidad? ¿Cada vez hay menos variedad y se arriesga menos? ¿Son las editoriales menos exigentes que antes?

No tengo las respuestas, pero os invito a poneros en la piel de un editor por un rato. Un editor, vamos a suponer, que está en esto de buena fe y por vocación, que cree en lo que hace y en las consecuencias positivas de su labor en la sociedad. Un editor, claro, que quiere que su actividad sea sostenible para poder seguir publicando libros juveniles el año que viene, y el siguiente y el siguiente… ¿Cómo sabe ese editor si lo está haciendo bien? ¿Cómo sabe si los libros que selecciona son los adecuados (signifique eso lo que signifique), los mejores posibles, en definitiva, los que tendría que publicar?

Se me ocurren tres fuentes de información, una interna y dos externas.

La interna tiene que ver con la propia conciencia del editor, la que le dice si eso que ha decidido publicar encaja con su vocación, con su misión y con la de la empresa para la que trabaja, si rema a favor de lo que quiere conseguir o no. Ahí el editor está a solas con su honestidad personal, pero también a solas con su inevitable subjetividad.

Los factores externos tienen que ver con el feedback que el editor recibe del mundo exterior. Ese feedback es sencillo de resumir: lo que los lectores hacen y lo que los lectores dicen. Para saber lo que los lectores hacen, el editor solo puede mirar a través del ojo de la cerradura: puede saber qué libros compran, cuántos y dónde (mediante herramientas tipo Nielsen Bookscan o consultando las listas de Más vendidos que se publican en algunos medios), pero no puede saber qué hacen los compradores con ellos: si los leen, si los disfrutan, si les satisfacen, si les alcanzan, si hablan de ellos o si, sencillamente, los dejan en la estantería… Es lo malo de mirar por ojos de cerradura: solo se ve una parte de la escena y no siempre es la más interesante. Una opción (hay otras) es suponer que los libros que se venden mucho, se leen mucho. O si se prefiere, que los libros que se leen mucho, se venden mucho. De este modo, efectivamente, se puede entrar en un círculo (que podría llegar a ser vicioso, sí, pero también virtuoso desde cierto punto de vista) en el que se publica lo que se vende/lee y se vende/lee lo que se publica.

En cuanto a lo que los lectores dicen, esa es una de las enormes ventajas que ha traído Internet: una vez que periódicos y revistas dicen nada o casi nada sobre el tema, por fin existe la posibilidad de una comunicación directa entre editores, escritores y lectores (más allá de las firmas en ferias y presentaciones). Sigue siendo mirar por el ojo de la cerradura, porque ni todos opinan ni se opina sobre todos los libros, pero al menos este ojo es un poco más grande así que lo que muestra probablemente sea más interesante.

Hacemos una prueba con un libro publicado hace poco, un libro diferente al que, sin duda, no se podría clasificar como “de moda”. Se llama El chico que alcanzó la felicidad. Lo introducimos en Google y, tras un vistazo vemos que todo son reseñas que copian el texto de contracubierta excepto una, una crítica, en la página del traductor, Gonzalo Fernández (gracias, Gonzalo, me ha encantado). Quizá es muy nuevo, así que podemos intentarlo con otro libro que tampoco es “de moda” y que ya tiene unos años, El combate de invierno. Encontramos una crítica y algún comentario breve.

¿Cómo podrá entonces el editor saber si estos libros han llegado a sus lectores, si les ha movido como le movieron a él?

Imaginemos ahora que un editor publica un libro por convicción. No sigue las modas, es original, personal y transformador, así que, desde el punto de vista interno el editor está muy satisfecho. Espera impaciente algún comentario, alguna crítica que parece no llegar. Por fin acude a Nielsen y en la columna de ventas ve una cantidad que da pena. ¿Cómo defiende esa decisión de publicación? ¿Para qué ha servido todo el coste y el esfuerzo de publicación de ese libro? Y sobre todo, ¿cómo podría continuar publicando en esa misma línea? ¿Cuántos libros duraría?

Por eso, hago un llamamiento a todos los que tenéis voz en la red: comentad los libros que leéis, lo que os gusta y lo que no, las razones y las sinrazones. Comentad cuanto más mejor, porque esa es la garantía de que haya más de lo que os gusta y menos de lo que no. Pero sobre todo porque esa es una manera muy eficaz de participar en el rumbo que tome nuestra literatura juvenil.

Y ante todo, gracias a todos los que ya lo hacéis.

NOTA. En buena ley, esta entrada debería haber sido un comentario en el artículo original. No lo es debido a su extensión. Por eso pido a los que quieran aportar algún comentario que lo hagan en la página donde se originó el tema: AQUÍ.

Huellas

25 noviembre 2011

Después de muchos días sumergidos en la selección de los originales presentados a los premios El Barco de Vapor y Gran Angular, respirando y bebiendo historias, temas, personajes que compiten por un hueco en el recuerdo, tramas y construcciones y estilos de escritura muy diversos, después de esa inmersión, llega el momento de sacar la cabeza para mirar alrededor (me encanta la sorpresa confusa de quien es interrumpido en una lectura apasionante y se encuentra de pronto en un lugar diferente al que habitaba hasta hacía pocos segundos) y observar cómo se va depositando lo leído.

Sin duda, es una época dura. Dura para los profesionales que debemos seleccionar de entre esos manuscritos, pero sobre todo, dura para los propios manuscritos. Cuando un lector lee hasta dos y tres manuscritos en un día (aunque hay algunos que se llevan varios días ellos solos), el manuscrito tiene que demostrar mucha fortaleza. Tiene que demostrar que puede defenderse él solo en un medio hostil: montones de personajes compitiendo por la atención del lector, construcciones sorprendentes, estilos brillantes junto a otros más funcionales… Tiene que defenderse incluso de la injusticia que supone ser juzgado a continuación de la lectura de un libro brillante o después de un desierto de seis u ocho manuscritos completamente desechables. Probablemente nunca se vea en una situación tan difícil como esta.

Por eso hay pocas cosas de este trabajo que me gusten más que los días posteriores a esa vorágine. Esos días en que dejas la mente en barbecho y te conviertes en mero observador del proceso de decantado de esas historias en tu interior. Es entonces cuando empiezas a darte cuenta de que has olvidado determinado personaje o argumento que te pareció brillante y que otro que antes casi pasó desapercibido ahora reclama vigorosamente tu atención. Ese momento en que vuelven a ti determinadas construcciones, detalles, coincidencias, y te das cuenta de que, ahora sí, tienes la distancia suficiente como para valorarlas.

Es ahí cuando se hace evidente que hay dos o tres manuscritos que de verdad te han impactado, un puñado de personajes que ya forman parte de tu vida, experiencias de lectura que te acompañarán por mucho tiempo. Novelas de esas que arañan y hacen de bálsamo, según el momento. Novelas, en fin, que dejan huella.

Y entonces, en ese momento, te das cuenta de que has tenido un premio El Barco de Vapor o Gran Angular entre las manos.

Cuestión de prioridades

2 noviembre 2011

¡Qué juego dan las charletas entre colegas (profes, escritores y editores) y los intercambios en blogs! No solo por lo que realmente se dice, sino por lo interesante que es analizar después las cuestiones de fondo que están ahí configurando la discusión aunque no nos demos cuenta.

Me pasó el otro día, charlando de las novedades de LIJ de estas navidades y me daba cuenta de que, en las opiniones de cada quien estaba presente implícitamente una postura de fondo que tiene que ver con qué considera cada uno más importante: ¿que la literatura forme (aunque unos lo llamen “apoyar el currículum”, y otros, “que tenga valores”)? ¿Qué sea buena literatura (es decir, literatura “literatura”, no un sucedáneo más o menos bienintencionado? ¿O que sea atractiva para los lectores?

Aunque probablemente mi respuesta personal a esa cuestión está contenida en muchas de las entradas de este blog, he decidido que este es un buen momento para explicitarla más aún, por si no estaba del todo claro.

En alguna entrada, yo hablaba de que mi objetivo era conseguir hechos de lectura, es decir, ayudar a generar, seleccionar y publicar libros que impacten en el lector, libros que logren una transformación, del tipo que sea, en él. Bueno, pues «desarrollado», mi objetivo es formar personas a través de literatura de calidad atractiva para los lectores.

Yendo de abajo a arriba, por tanto, mis prioridades son publicar libros de tanta calidad literaria como sea posible sin dejar de ser atractivos, y tan atractivos como sea posible sin dejar de contribuir a la formación del lector.

Una vez que tienes claros tus objetivos, una vez que tienes explicitado lo que quieres y lo que buscas, todo se vuelve un poco más fácil. Y así, si alguien me dice:

-“Es que ese libro no es de gran calidad literaria”. Pues yo voy a mis principios y me digo: ¿es atractivo? ¿Gustará a los chavales? ¿Trans/forma? ¿Sí? Pues entonces vamos adelante.

-“Es que este libro es muy entretenido y va a gustar mucho”. De nuevo a los principios y me pregunto: ¿Aporta algo a la transformación de los lectores? ¿Tiene al menos algo de calidad literaria? Y si la respuesta es no a ambas preguntas, pues no es el tipo de libro que yo querría publicar.

-“Es que este libro está maravillosamente escrito, es literatura pura, aunque como toda la calidad, es difícil”. Vale, pero, ¿es atractivo para el lector? Porque si a quien gusta es al adulto que lo recomienda y no al chaval a quien va dirigido, de nuevo, no es el tipo de libro que yo querría publicar.

Y así con todas las posibilidades que se puedan presentar, aunque sin perder de vista que hay pocos libros que lo tengan todo en la proporción que a todos nos parecería la adecuada y que lo ideal es que cada libro tenga una proporción variable de cada uno de esos tres ingredientes que yo considero básicos.

Y esto es importante: ni todos los libros tienen que transformar radicalmente la vida del lector, ni todos los libros tienen que ser el exponente de la mejor literatura, ni todos los libros tienen que ser tan atractivos para el lector que no requieran ningún esfuerzo por su parte. En esa mezcla de esencias e ingredientes está la habilidad del escritor para llegar a diferentes tipos de lectores en momentos diferentes de sus vidas. Porque, al final, lo interesante es que haya de (casi) todo. Y lo que hay que hacer es enseñar a elegir bien.

Prepararse para tomarla

31 octubre 2011

Tengo un amigo, R., profesor de filosofía desde hace más de treinta años. Bueno, ex profesor, porque ha decidido prejubilarse. El motivo, muy honesto, me parece digno de reflexión: hace tiempo que siente que no tiene un mundo compartido con sus alumnos. Él teoriza sobre McLuhan y la aldea global mientras ellos comprueban su Tuenti, escuchan música de Spotify, y tuitean sin dejar de mirarle. Él hace referencias a Bergman y ellos tienen en la cabeza a Scott Pilgrim

Efectivamente, ¿se puede enseñar filosofía a los jóvenes (una filosofía que vaya más allá de la mera retención memorística de autores y conceptos, una filosofía que dé una verdadera sabiduría de la vida) cuando las películas, los referentes culturales, las lecturas o los ídolos… son tan radicalmente distintos? Probablemente no.

Dándole vueltas a lo paralelo que es este fenómeno al de la literatura para niños y jóvenes, me acordé de un texto de Alessandro Baricco titulado “Queridos jóvenes, es mejor no leer” y que merece la pena leer completo.

En él, el autor italiano afirma:

“Antes que nada, se necesita una gran disposición por nuestra parte para entender que la geografía del sentido de estos jóvenes es objetivamente distinta de la nuestra. Y no por un proceso de «vulgarización» o «denigración» de aquello que es noble. En absoluto. Será noble como la nuestra, pero será distinta”.

¿Y en qué es distinta la «geografía del sentido» de los jóvenes de hoy? Bueno, hay muchas formas de verlo y de explicarlo, porque al fin y al cabo, todas son interpretaciones interesadas por parte del observador y socialmente construidas. Pero creo que este vídeo puede aportar algo de luz al respecto.

Un vídeo cuyo final, por cierto, es muy paralelo al final del texto de Baricco:

“Las geografías cambian. Quizá “El hombre sin atributos” no es importante por siempre. Lo ha sido para mí, para mi generación, pero cuando se comienza a no saber explicarlo, cuando percibes que no te creen, es mejor buscar entender qué cosa está pasando, cuál es la nueva geografía que está naciendo. Y prepararse para tomarla”. 

Eso, que en cualquier adulto es muy encomiable (tomar cada nueva geografía es la única forma de no envejecer, de no quedar atrás), en todos aquellos que nos dedicamos a la LIJ es imperativo.

Y quien no sea capaz de tomar esa nueva geografía, casi mejor que, como mi amigo R., se prejubile.

En este mes de octubre que termina ha habido un auténtico derroche de artículos sobre el futuro del libro, animado por la celebración de LIBER y de la feria del libro de Frankfurt, por la llegada de Amazon a España, por  los movimientos de Planeta y de Casa del Libro y por la presencia en prensa de algunas iniciativas como 24symbols.

En todas las reflexiones está presente, de forma explícita o implícita, la incertidumbre que en estos momentos rodea al mundo editorial, debido a la conciencia general de que estamos ante cambios inminentes.

Sin embargo, a menudo tengo la sensación (y es algo muy subjetivo) de que no lo estamos haciendo bien. Para empezar, porque parece como si nos empeñáramos en disipar esa incertidumbre con las mismas herramientas que en tiempos de certidumbre. ¿De verdad nos creemos que un estudio de mercado puede hoy en día predecir el comportamiento de los lectores? ¿Que la extrapolación de las cifras de uso de lo digital hoy en día nos puede ayudar a establecer las cifras del futuro cercano? ¿Puede el miedo a que el libro digital canibalice la venta de libros en papel guiar nuestros pasos después de ver lo qué ha hecho el iPhone con el iPod –y no olvidemos que son productos de la misma empresa-? ¿De verdad alguien defendería con convencimiento que una propuesta de innovación se puede analizar desde criterios de rentabilidad?

Para quitar elementos de la ecuación y hacerla más sencilla, quizá, en estos tiempos de incertidumbre, deberíamos atender solo a un par de cosas:

1. Centrarnos en la misión, cada cual en la que quiera que sea la suya (para mí, formar personas a través de una literatura de calidad atractiva para los lectores). Cuando uno no sabe qué hacer, conviene volver los ojos a la identidad y al propósito que nos mueve como industria. Si sabes quién eres, qué has venido a hacer a este campo de juego y qué cambio social quieres impulsar, es mucho más fácil enfocar tu actividad a pesar de los cambios ambientales, tecnológicos y sociales que se produzcan. Por otro lado, si eres fiel a tu misión, la rentabilidad vendrá, claro que vendrá. Y quizá no como consecuencia buscada de tu actividad, sino más bien como herramienta necesaria para la sostenibilidad de esa actividad. Algo que a mí, al menos, me parece maravilloso.

2. Aprender, pero sin miedo, como aprenden los niños: explorando, llevándonos a la boca, probando y volviendo a probar en función de la experiencia. No es momento de evaluar el potencial económico versus el riesgo, sino el potencial de aprendizaje versus el riesgo. Por supuesto que es necesario dosificar el riesgo, pero también hay que jugarse algo como industria, más que nada para que lo nuevo no quede en  manos de otros actores que saben menos de contenidos, menos de lectores, menos de literatura… y sí más de aprovechar el río revuelto.

Vivimos un momento privilegiado, de cambio, en el que se pueden redefinir muchas normas de este negocio. Y somos muchos los autores, los ilustradores, los editores, los diseñadores… que queremos tomar parte de esta revolución y contribuir a la definición de ese nuevo campo de juego.

Pues eso, el hambre y las ganas de comer.