Ser y deber ser

10 enero 2014

 

Leo con mucho interés la entrevista con Teresa Colomer en Pensando la LIJ que tuitea Begoña Oro, creo que con más intención de la que parece a primera vista. Así que me dejo y ahí voy :) .

La investigadora deplora que haya una LIJ escrita y editada atendiendo a su función socializadora, es decir una LIJ transmisora de normas. Y recomienda a los mediadores “elegir buenos libros ‘literarios’ que hacen saber cómo son los humanos y no cómo deberían ser”.

Aun estando de acuerdo en el fondo, tropiezo con algunos “escollos” en esta afirmación. El primero, claro, tiene que ver una vez más con el sintagma “buenos libros”, pero como de eso ya hemos hablado en otra ocasión, continuemos con el segundo: una LIJ que hace saber cómo son los humanos. Y cómo son los humanos, me pregunto yo. ¿Significa eso que creemos en la existencia de una realidad independiente del observador o del “contador”? Yo creo que no, que no hay una realidad “objetiva” sino que la realidad se construye y se reproduce colectivamente a partir del discurso, pero como también hemos hablado de eso antes, continuemos.

La doctora Colomer recomienda al mediador que se centre en la calidad literaria. Pero centrarse en la calidad literaria no hace que la otra dimensión, la de la transmisión de normas o valores, desaparezca. Todo libro transmite valores y reproduce normas, tanto si elegimos fijarnos en ello como si decidimos mirar a otro lado.

Desde luego, como editora yo no puedo, ni quiero, decir “vamos a publicar este libro porque tiene una grandísima calidad literaria”, sin antes plantearme si quiero (si queremos) obrar como colaboradores necesarios de la reproducción de normas que esa obra lleva consigo de forma más o menos implícita o explícita. Como ya comentaba en el otro post, las obras culturales nunca se limitan a describir: siempre, además, prescriben porque las normas sociales implícitas, las más naturalizadas y biologizadas, se adquieren por absorción de discurso social, ya sea en forma de literatura, de anuncios, de cine, de juguetes, o de conductas cotidianas.

Un ejemplo muy simple: no sé si es una realidad que muchas personas mayores se sienten solas y acabadas, pero sí sé que hay una norma implícita al respecto, y que esa norma es con frecuencia reproducida por la literatura actual.

Como editora considero irrenunciable plantearme si quiero validar ese discurso y por tanto aumentar sus posibilidades de absorción, o prefiero airear otras alternativas sobre lo que es la vejez que también son parte de la realidad.

Ante una norma implícita o explícita que no nos guste, nuestra actitud puede ser visibilizarla para cuestionarla, o presentar una norma alternativa. O también reproducirla de forma acrítica, que es lo que en realidad hacemos cuando creemos que estamos “contando la realidad tal y como es”.

Hace tiempo que voy acumulando elementos en una lista que se podría titular “temas actuales que echo de menos en los libros de LIJ”. Temas en los que una literatura que pretende ser formativa (en el más amplio sentido de la palabra) y comprometida con el individuo y con la sociedad, tendría algo que decir.

Por supuesto, no estoy hablando de que tenga que haber libros enteros que traten sobre cada uno de esos temas en exclusiva (que también podría ser), pero sí echo de menos manuscritos que toquen, aunque no necesariamente en primera línea, algunas realidades que conforman el hoy de niños y jóvenes. ¿Por qué?

Porque son temas de gran interés en el presente, sí, pero también porque van a configurar en gran medida el futuro en el que vivirán y serán adultos los niños para los que hoy escribimos y publicamos. 

Se trata, en definitiva, de actualizar los valores, tanto en el sentido de incluirlos en historias que llamen a la acción en situaciones presentes como en el sentido de que hoy en día ciertos valores se han vuelto más urgentes.

Así que, para empezar, ahí va una primera lista que tiene que ver con reflejar la actual coyuntura social, económica y política:

  1. La lucha por nuevas hegemonías de pensamiento. Por ejemplo: cómo la PAH ha conseguido que un desahucio pase de ser percibido socialmente como una tragedia privada e inevitable, a algo inadmisible.
  2. Las nuevas formas de activismo y participación ciudadana, desde el 15M a polémicas como el de Change.org versus la crítica al ciberfetichismo: muchos jóvenes quieren cambiar el mundo, pero ¿van a poder hacerlo a base de clics?
  3. La globalización: lo que pasa al otro lado del mundo nos afecta. Tanto a nivel macro (el actual proceso de devaluación interna en España es una de las consecuencias del programa de globalización económica) como a nivel micro (tu mejor amigo, el que te entiende como nadie, puede estar en otro continente).
  4. El activismo consumidor: cambiar el mundo desde tu posición de consumo. Si hace cincuenta años una forma de ejercer el poder era dejar de trabajar, ahora puedes hacerlo dejando de comprar. Quien compra un buen balón de reglamento por seis euros ¿en qué cadena de actos está estampando su firma final?
  5. La virtualización de la economía: el niño que hace unos años cosía zapatillas en Vietnam para dar de comer a su familia, ahora puede estar pasando horas en un juego de rol multijugador ganando puntos de experiencia u obteniendo premios virtuales para alguien que le paga por ello.
  6. La generación Einstein: cómo son las mentes criadas por videojuegos. ¿Con una atención más fragmentada? ¿más desensibilizados ante cierto tipo de violencia? ¿más capaces de mezclar trabajo y placer? ¿mejor acostumbrados a trabajar en equipo y a distancia…?
  7. Los prosumers: consumidores que generan contenido, el chaval como autor. Autores de fanfics y escritores, autores desintermediados a pequeña y a muy gran escala…
  8. La economía de la atención y la democratización de su explotación: vivir de ser  youtuber o de subir vídeos y tutoriales a internet: fenómenos como “Hola soy Germán”, Jotapelirrojo, Mr. Chunkybuddy… jóvenes que construyen un formato y una audiencia y que viven de ello sin intervención alguna de los “profesionales de los medios” …
  9. Nuevas formas de aprendizaje y de educación: el “homeschooling”, la educación autodirigida,  la “punk education”, aprender con tutoriales… En un mundo donde, como prescribía Sócrates, “educar no es llenar un recipiente, sino prender una llama”, Internet es estopa…

Y como inevitablemente nos estamos deslizando ya, quizá es momento de abrir aquí una segunda lista, la que recoge aquellos temas que tienen que ver con reflejar el papel de las TIC en la vida de las personas y en concreto, en la de niños y jóvenes y que podría incluir, además de algunas ya recogidas en la lista anterior, cosas como:

  1. La construcción de la identidad en la red, la gestión de impresiones, la posibilidad de tener identidades múltiples con componentes diversos e incluso contradictorios…
  2. El solapamiento y la contradicción de los círculos sociales en el espacio tangible y en el espacio digital: ¿líder en la red, marginado en el patio?
  3. La gamification como herramienta de control de comportamientos y hábitos, con sus corolarios utópicos y distópicos.
  4. Crowdfunding: juntar dinero de muchos pequeños “inversores” para hacer grandes cosas. Como Riot Cinema con “El Cosmonauta”.
  5. Crowdsourcing: hacer algo grande entre muchos. ¿Cómo? Gente aprendiendo idiomas a la vez que ayuda a traducir páginas web, personas descubriendo exoplanetas por diversión o contribuyendo con su trabajo a investigaciones científicas…

¿Existen esos manuscritos? O mejor aún, ¿existen escritores capaces de escribirlos?

Así que hoy os pido ayuda. Tres ayudas:

La primera, para completar estas listas u otras similares. ¿Qué temas echamos de menos como lectores, como ciudadanos, como padres, como profesores, como editores…?

La segunda, para localizar esos manuscritos y sacarlos a la luz. Cuanto antes.

Y la tercera, para movilizar a los escritores, consagrados o noveles, profesionales o amateurs, apocalípticos o integrados, de modo que aprovechen estos silencios clamorosos de la LIJ como combustible creativo.

Estoy convencida de que entre los chavales de esta generación hay una enorme demanda latente de libros que aborden estos temas. ¿Es que vamos a esperar a que se hagan mayores y se los escriban ellos mismos?

Sí, sí, como suena, estamos buscando primeras veces. Esas primeras veces que nos cambian, que nos transforman en una persona un poquito diferente. Esas primeras veces que todos experimentamos alguna vez en la vida y que, de alguna manera, se convierten en un “rito de paso” que nos lleva de un yo a otro yo. Primeras veces ya vividas y primeras veces anheladas. Primeras veces en primera o en tercera persona. Primeras veces en pasado, en presente o en futuro. Primeras veces reales o inventadas. En definitiva, primeras veces que merece la pena compartir.

¿Que por qué? Porque queremos “experimentar y aprender con nuevas formas de literatura, y en el camino animar un diálogo intergeneracional alrededor de esos grandes o pequeños ritos de paso que marcan nuestro tránsito por la vida”.

Y porque sospechamos que hay muchos y buenos escritores escondidos que tienen mucho que contar y queremos que “salgan del armario”.

¿Que para qué? Para lograr que de esta experiencia salga un libro de relatos en el que los textos de escritores profesionales se codeen con otros de personas de cualquier edad que aman escribir aunque escritor no sea la profesión que figura en su tarjeta de visita.

¿Que cómo? Muy sencillo. Visita La primera vez que…, lee los relatos y si te apetece, comenta esas primeras veces que otras personas han querido compartir.  Después, piensa en esa primera vez que es tan especial para ti (o que crees que lo será, o que lo fue para alguien que conoces), conviértela en un relato y envíanosla utilizando el formulario, junto con una pequeña nota acerca de ti. Si te apetece, puedes mandar la foto con que la ilustrarías. Si no, nosotros le pondremos una que esté a la altura.

Queremos leer tus primeras veces, las de tus padres y las de tus abuelos. Las de tus vecinos y las de tus compañeros de clase o de trabajo. Las primeras veces de tus alumnos y las de tus profesores. ¿Nos ayudas a que se enteren?

Acabar bien

26 marzo 2013

Hoy, en la comida, mis hijos comentaban algunos de los tremebundos argumentos que desarrolla Jacqueline Wilson, una de sus escritoras favoritas, en sus novelas para niños y jóvenes. Padres divorciados varias veces, progenitores que se marchan de vacaciones con el amante de turno dejando a los niños solos al cuidado de un hermano o hermana de catorce años, chavalines que deben enfrentarse solos a un accidente o una agresión, adultos con niños a su cargo que se emborrachan hasta la inconsciencia… y otras situaciones familiares y sociales que, aunque no pongo en duda que se den en la realidad, por su frecuencia rozan lo inverosímil.

Les pregunto: “¿y por qué os gustan esos libros?”  Se encogen de hombros: Molan”.

Ante mi expresión, y quizás en un intento de justificarse, añaden: “Pero muchas acaban bien”.

Acabar bien. Esa respuesta me hace recordar una frase de la reseña de El rostro de la sombra que hizo en su momento una bloguera: “estoy acostumbrada a leer historias sobre personajes torpes y egoístas que al final se enderezan y se convierten en personas decentes”. Y en un comentario a esa reseña, alguien remataba: “se echa de menos un final donde quede todo bien definido”. ¿Es eso “acabar bien”?

Venga, sin miedo. ¿”Acabar bien” es que “los malos” se rehabiliten y que el amor triunfe? ¿Es acabar bien que todo desemboque en un “deber ser” bien visto socialmente? Me temo que “acabar bien” es entonces sinónimo de una resolución que no nos produzca desasosiego, que no nos perturbe, que no nos entristezca, que no nos haga plantearnos cosas que hagan tambalearse nuestra cómoda cotidianidad.

Así que intento explicar a mis hijos que la vida, a veces, no acaba bien. Intento hacerles ver que quizá tenemos un concepto equivocado de qué es acabar bien, tanto en las novelas como en la vida. Me gustaría que entendieran que “acabar bien” no es siempre que los acontecimientos se desenvuelvan como uno quiere, como a uno le gustaría o como uno cree que es justo. Que a veces “acabar bien” puede ser, simplemente, saber que, ocurra lo que ocurra, uno ha sido fiel a si mismo y al sentido o sentidos que haya querido darle a su vida. Les pongo un ejemplo: La historia de Iqbal. En este caso, tanto la realidad como la novela “acaban mal” en el sentido convencional del término. Iqbal, un chaval honesto y decidido de muy pocos años, muere asesinado y “los malos” quedan, probablemente, impunes. Pero en otro sentido, la historia de Iqbal acaba bien, porque nada consigue que el protagonista se aparte de lo que considera su prioridad: destapar la injusticia, cueste lo que cueste.

Claro está que mis hijos tienen once años. Y, en su mirada de niños que empiezan a no serlo, intuyo que el “acabar bien” normalizado al que ellos se referían cumple una función: aplacar la ansiedad que pueden generar las historias leídas. Quiero creer que esa ansiedad, aunque calmada, ya lleva en sí misma la semilla de una inconformidad constructiva.

Al final, me quedo pensando que quizá todos necesitamos, de vez en cuando, una historia que “acabe bien” en el sentido clásico, aunque solo sea para seguir creyendo que es posible.

¿Proteger o protegernos?

24 febrero 2013

Un tema imposible de eludir cuando se trabaja para niños y jóvenes es el de si el contenido es “adecuado” para lectores de una determinada edad. Las opiniones son diversas y, por supuesto, todas respetables y discutibles por igual, dado que se basan en aquello de lo que cada uno considera necesario proteger a los niños. O no protegerlos.

La cuestión es que no somos niños, ni los niños de hoy son iguales a los niños que fuimos. Ponerse en el lugar de los niños y jóvenes de hoy sin serlo es uno de los retos de editar LIJ (y más aún de escribirla o de seleccionarla para ellos). Por eso me encantó esta entrevista gráfica que el autor de cómics Art Spiegelman le hizo al autor de literatura ilustrada infantil Maurice Sendak en la revista New Yorker:

La infancia es “profunda, rica, vital, misteriosa, honda“, dice Sendak. Y sí, quizá nos asustaría conocer al niño que llevan dentro nuestros niños, como probablemente nos asustaría recordar, de verdad, sin romanticismo ni falsos idealismos, al niño que realmente fuimos. Porque efectivamente, sabíamos cosas terribles y sabíamos que era mejor que los adultos no supiesen que las sabíamos. ¿O no?

Determinar cómo se traduce esto a nuestro trabajo con o para niños no es tarea fácil, pero a mí me hace reflexionar. Me hace plantearme si al rechazar una novela para niños por demasiado dura pensamos en los niños o en los adultos que las leerán y nos juzgarán a través de ellas. Me hace pensar si como sociedad tenemos unos parámetros acertados respecto a de qué cosas hay que proteger a los niños y de cuáles no. Me hace mirar hacia nuestro papel como adultos que educan, hacia el sentido de la educación, hacia el trasvase entre el niño y el adulto que se produce en ese proceso. Y sin duda, me hace reflexionar sobre cuál debería ser la postura de la LIJ ante todo esto.

No tengo todas las respuestas, pero como casi siempre, creo que en este caso las preguntas son más importantes.

Ocurre una y otra vez: un escritor de literatura infantil o juvenil conocido gana un premio y los blogs se llenan de comentarios acerca de la presunta injusticia de que el premio sea para un autor “profesional”. Pero como hace tiempo ya expuse mi opinión al respecto, me limito a recordar que el año pasado ganaron los premios El Barco de Vapor  y Gran Angular dos autores no tan conocidos: Catalina González Villar y Jesús Díez de Palma. Y lo mismo ocurrió con otros premios importantes. Por no recordar que, aunque ya canse un poco decirlo, la plica es real: cuando el jurado elige el manuscrito ganador, no sabe quién lo ha escrito. Tanto si la gente se lo cree, como si no.

Si alguien tiene tiempo y ganas de hacer un repaso a los ganadores de los premios de LIJ más relevantes de nuestro país en todas sus convocatorias, comprobará fácilmente que hay muchos premiados que, en el momento en que recibieron el premio, no eran conocidos. La buena noticia es que hoy, cuando han pasado unos años, varios de los nombres que nadie conocía se han convertido en referentes. Y los premios que recibieron contribuyeron a ello. Por suerte, porque esa es una de sus funciones más importantes.

A ver, que tampoco pasa nada. No es difícil entender la frustración de quien ha dedicado mucho tiempo y muchas ilusiones a escribir su novela y se encuentra con que otro manuscrito se lleva el premio. Y si encima es de alguien que publica habitualmente y vende y es leído y ha ganado ya muchos premios, pues eso, que es normal que desespere un poco y hasta que patalee otro poco.

Pero quizá el error es de partida: los premios de los que estamos hablando son de un nivel muy alto. Esto no quiere decir que sean solo para profesionales, pero está claro que ellos juegan con ventaja. Pero desanimarse por ello es como si recién graduado en la Escuela de Arte Dramático te decepcionaras porque esa llamada de teléfono no es de Almodóvar.

Hay premios para autores menores de 18 años, como el que convoca la propia Fundación Jordi Sierra i Fabra y publica SM y hay concursos para autores noveles, como el que convoca la propia Asociación de Escritores noveles o el de la Diputación de Jaén. Y hay premios, como estos que nos ocupan, abiertos a todos los escritores, y ellos, los escritores profesionales, también tienen derecho a presentarse. Y no solo derecho, sino, casi, diría yo, obligación.

En cualquier caso, mucha calma. Que no ganar un premio (como que no te toque la lotería) es lo más habitual. Que eso les ha pasado (y les seguirá pasando) a todos los que hoy están ganando esos premios. Que probablemente no hay ni un solo escritor, conocido o no, que no haya sufrido más de un rechazo (y de dos y de tres, seguramente), ya sea en un concurso, ya enviando directamente su novela a una editorial. Que por esa situación han pasado todos los grandes nombres de la literatura.

Para relativizar un poco y pasar un rato muy entretenido, una recomendación: Éxito, de Iñigo García Ureta (Trama editorial 2011). Un libro sobre el rechazo editorial que, además de recoger de forma desdramatizadora algunos de los rechazos más sonados de la historia de la literatura, incluye pequeñas encuestas a agentes y editores sobre diferentes aspectos del tema. Opiniones muy bien fundamentadas, mucha experiencia y un montón de información sensata para rumiar el rechazo o, como en el caso que nos ocupa, que otro se lleve el premio. Y tras el paréntesis, a por el siguiente :)

Hacer que pasen cosas

12 agosto 2012

Llevaba yo varias semanas dándole vueltas a una entrada bajo el título “¿Hay sitio para el editor?”. Diversos artículos y en concreto el “intercambio” entre la editorial Hachette y el escritor autopublicado Konrath, me instaban a poner en claro cuál es para mí el papel que puede tener un editor en el nuevo contexto en que vivimos. ¿Que por qué?

Bueno, quizá porque muchas de las supuestas funciones insustituibles del editor que enumeraba Hachette en aquella  carta tienen más que ver con lo que puede aportar una editorial (claro, en español utilizamos la misma palabra para lo que los ingleses dividen entre Editor y Publisher) y mi interés principal es el editor(en el sentido del primero de esos dos términos en inglés). Y porque de algunas de esas funciones (como “encontrar y alimentar el talento”, “actuar como colaborador del autor en el proceso de escritura” o ”funcionar como pioneros explorando y experimentando”) yo también haría bandera, pero, en general, la carta se me quedaba un poco corta para definir el alcance de lo que yo querría hacer como editora en los próximos años.

Y sobre todo porque, de fondo, en mi cerebro no dejaba de sonar aquello que escribió Sara Lloyd, editora de Pan Macmillan en su “Manifiesto de una editora para el siglo XXI”, hace ya cuatro años: “los editores tienen que trabajar a toda prisa en definir cuál es la quintaesencia de la edición”. Evidentemente, no hay una sola definición posible. Cada uno debe elaborar la suya, y probablemente muchas son compatibles y no excluyentes, pero la mía tiene mucho que ver con otra frase de ese manifiesto: “los editores tendrán que verse como configuradores y facilitadores”.

Y ahí andaba yo,  pensando en esas funciones del editor a lo largo de la cadena de valor del libro y viendo un magnífico “hueco” en la concepción de nuevos proyectos;  en la tarea de “desbrozamiento” de las posibilidades de las tecnologías habilitadoras de nuevas formas de hacer literatura; en la labor de inspirar determinados proyectos a los autores, poniendo a su disposición las herramientas necesarias; en la formación y coordinación de equipos multidisciplinares para llevar adelante nuevas ideas; en la función de acompañamiento de los autores que quieran tener a su lado a un editor durante el proceso de escritura; en el reto de llevar la literatura a los lugares en los que está teniendo lugar la lectura en niños y jóvenes; en el contacto cada vez más cercano con los lectores…

Y entonces, mientras visualizaba ese futuro  lleno de posibilidades por explorar, un buen amigo (gracias,  Nano), me puso sobre la mesa una entrevista con Joseph Maria Castellet, director literario de Grup 62.  Merece la pena leerla entera, pero a mí me llamaron especialmente la atención estas frases: “para ser editor dependes de cuatro de los cinco sentidos al menos. Has de tener buen ojo, tienes que usar bien la nariz, debes pegar la oreja donde se debe y es imprescindible tener tacto. Y has de ser una persona muy bien educada”.  Y terminaba diciendo que “el editor debe ser una esponja, una esponja de verdad, y esta se localiza en el cerebro”.  Es una manera muy bonita de definir al editor, aunque irremediablemente te hace pensar si ese equipaje (ya de por si difícil de tener) será suficiente para los editores en los próximos años.

Quizá para los tiempos que vienen, el editor, además de ser una esponja, debería  tener una marcada dimensión “conseguidora”. Y para conseguir cosas, el editor, además de muy educado, tiene que ser un poco “liante”: alguien capaz de embarcarse  y embarcar  a todo el que haga falta en proyectos ilusionantes y prometedores, incluso algunos de resultado incierto. Por ahí va mi definición de la esencia del editor: un editor que, además de todo lo demás, sea alguien que hace que pasen cosas en el terreno de lo literario.

Qué cosas sean esas, y cómo vamos a hacer que ocurran, es lo que nos toca ir dibujando desde ahora mismo.

La LIJ ante la red

9 agosto 2012

¿Cómo afectan la tecnología, y los cambios sociales que esta genera, a la cadena de valor del libro infantil y juvenil?

Este artículo (publicado en CLIJ, número 248, julio de 2012) es mi intento de aproximar una respuesta a esa pregunta. Al fin y al cabo, es una cuestión a la que todos los que tenemos algo que ver con esto de los libros dedicamos tiempo, cavilaciones y charlas. Y era, además, un tema pendiente en este blog.

Como se explica en la introducción:“es un artículo escrito por una editora de LIJ y no tiene pretensiones de objetividad; por el contrario, aporta una visión parcial, interesada y concebida desde dentro del sector”. Vamos, que es un punto de vista personal cuyo objetivo es animar al diálogo y a la reflexión.

Por si no leéis el artículo completo, os dejo aquí la invitación final:

“En este escenario lleno de interrogantes y, por tanto, de posibilidades, es más necesario que nunca que los profesionales del sector seamos conscientes de que el hecho literario está teniendo lugar en multitud de espacios que, por ignorancia o elección nuestra, están fuera de nuestro actual ámbito de actuación. Asistimos a una explosión de formas nuevas de hacer literatura, de leer literatura, de responder a la literatura. Autores, editores, diseñadores, ilustradores…, todos estamos obligados a conocer y explorar este nuevo territorio si queremos conservar nuestra relevancia en el sector. Experimentando, equivocándonos, pero por encima de todo, disfrutando y haciendo disfrutar.”

¿Te vienes?

Las razones equivocadas

31 julio 2012

—¿Qué haces? —pregunta un niño a otro.

—Leer —contesta este sin dejar de mirar su libro.

—¿Por qué? —insiste el primero.

El que está leyendo alza la vista, mira al niño que le habla y trata de decidir si merece la pena responder a esa pregunta. Al final opta por preguntar a su vez.

—A ver, ¿y por qué juegas tú al fútbol?

—Pues para divertirme.

— ¿Y por qué ves los dibujos?

—Porque me gustan.

—Vale, y cuando lees, ¿por qué lees?

—¿Para… aprender? —sondea, cándido, el pequeño.

El lector suspira y cierra el libro. Ve claro el problema aunque no sea capaz de enunciarlo…

Tras escuchar el relato de este pequeño intercambio, me quedo pensando. La cuestión es quién o qué ha condicionado al niño para que dé esa respuesta. ¿Los padres, los profesores, la sociedad en general? ¿Por qué el juego o la tele (o los videojuegos, o las manualidades) son “para divertirse” y leer es “para aprender”? ¿Por qué?

Al comentar esta anécdota con otros padres, la conversación, inevitablemente, derivó en una explicación acerca del modo en que cada uno trata de inculcar en sus hijos el gusto por la lectura. Algunas estrategias, de lo más meritorias, pasaban por hacer carnets de lectura (un sello por cada libro leído) que se podían canjear por una bolsa de chuches una vez completados o intercambios del tipo “te compro un cómic por cada libro que te leas”.

Seguro que, como me decía un padre un poco desesperado, estas iniciativas son necesarias en algunos casos y hasta puede que ayuden a hacer lectores, pero yo no podía evitar pensar en la sonrisa que nos arrancaría escuchar a un padre decir “por cada videojuego que te acabes te dejo ver una serie de dibujos animados”.

La pregunta es si estamos situando la lectura en el lugar correcto o si, con tanto empeño, la estamos desterrando al lugar de las actividades obligatorias y aburridas que necesitan de una motivación externa para ser realizadas. ¿Por qué un niño (o un adulto) ve una película, juega a un videojuego o escucha música? Desde luego, no porque alguien le vaya a dar algo a cambio, sino porque esa actividad intrínsecamente le divierte, le entretiene, le aporta, le interesa, le conmueve, le atrapa…  En suma, porque le resulta gratificante.

La gratificación externa puede ayudar, sin duda (por algo dice el refrán “hágase el milagro, hágalo el diablo”). Sin embargo, si la gratificación para la lectura proviene solo de lo externo (llámense chuches, aprobación de los padres o buenas notas), quizá consigamos niños que leen. Pero otra cosa es conseguir niños lectores.

Vale, la narrativa audiovisual y la escrita no funcionan exactamente igual, pero sí comparten muchas claves: lo que hace que una historia enganche, lo que logra que un niño (o un adulto) se identifique con un personaje, lo que consigue conmovernos, lo que deja huella en nosotros y hace que determinada historia nos acompañe durante años…, son elementos comunes de todas las formas de narración.

Por eso me ha resultado muy inspiradora esta pequeña colección de “story basics” que Emma Coats, guionista de Pixar, fue tuiteando el año pasado a lo largo de un mes y medio, uno cada día y que ahora se pueden ver recogidos en el blog de Pixar. Y para que nadie se los pierda por causa del idioma, los traigo aquí en traducción de César Astudillo.

Creo que es una colección muy útil también para los que nos dedicamos a la LIJ. Y la verdad es que cada uno de ellos da para reflexionar un buen rato, para rebatirlo o para construir sobre él, para buscar ejemplos en novelas que todos conocemos, para enjuiciar de otro modo la lectura de este momento…

Por ejemplo, ahora mismo tengo entre manos algunos manuscritos a los que les vendría muy bien haber respondido a la pregunta del tuit 14 “¿Por qué tienes que contar esta historia?”. Y se me viene a la cabeza algún autor al que le preguntaría, como hace el tuit 15: “Si tú fueras tu personaje, en esa situación, ¿cómo te sentirías?”. Y seguiría con el 21: “Tienes que identificarte con tu situación y con tus personajes, no puedes limitarte a escribir chulo”. “O le regalaría los tuits 8 y 11 a ese autor novel con el que estuve hablando el otro día al que la inseguridad no le está permitiendo dar todo lo que lleva dentro (si, hablo de ti). Y para mí misma, como editora que en ocasiones acompaña al autor en el proceso creativo, me quedaría con el tuit 5.

Por supuesto, ni es una lista de pautas exhaustiva ni seguirlas garantiza el éxito, pero sí son una buena excusa para plantearse algunas cosas. Seguro que cada uno puede encontrar, desde su posición, alguna que le llama especialmente la atención, o que le aporta o le ofrece una visión diferente. Y si no es así, quizá sea un buen momento para hacernos con nuestra propia lista de “story basics”. Aquí van, en el mismo orden en que fueron tuiteados:

1. Uno admira a un personaje por intentar cosas, más que por tener éxito.

2. Ten en mente lo que te resulta interesante como lector, no lo que te divierte hacer como escritor. Pueden ser dos cosas muy distintas.

3. Buscar un leit motiv es importante, pero no vas a enterarte de qué va realmente la historia hasta que llegues al final. Llegado ese momento, ya la reescribirás.

4. Había una vez _____. Todos los días, ______. Un día ______. Debido a eso, _____. Y a causa de eso, _____. Hasta que al final, _____.

5. Simplifica. Enfoca. Combina varios personajes en uno solo. Sáltate las digresiones. Vas a creer que estás perdiendo material valioso, pero eso te está liberando.

6. ¿Qué se le da bien a tu personaje, con qué se siente cómodo? Échale encima justo lo opuesto. Desafíale. ¿Cómo se las arregla?

7. Determina el desenlace antes de averiguar cuál es el nudo. En serio. Los finales son difíciles; haz que el tuyo funcione de entrada.

8. Termina la historia, déjala. Aunque no sea perfecta. En un mundo ideal la terminarías y además sería perfecta, pero tú sigue adelante. La próxima vez hazlo mejor.

9. Cuando estés bloqueado, haz una lista de lo que NO OCURRIRÍA a continuación. A menudo, de esa manera vas a conseguir que aparezca el material que te va a sacar del bloqueo.

10. Desmenuza las historias que te gustan. Lo que te gusta de ellas es una parte de ti; tienes que aprender a reconocerla para así poder usarla.

11. Poner algo en papel es la forma de empezar a arreglarlo. Si se te queda en la cabeza, una idea perfecta, jamás vas a poder compartirla con nadie.

12. Descarta la primera cosa que se te venga a la cabeza. Y la segunda, tercera, cuarta, quinta. Echa a un lado lo obvio. Sorpréndete a ti mismo.

13. Dales opiniones a tus personajes. Un personaje pasivo/maleable puede ser agradable de escribir, pero es veneno para los lectores.

14. ¿Por qué tienes que contar ESTA historia? ¿Cuál es la convicción que te quema por dentro, y de la cual se alimenta tu historia? Ahí está el meollo.

15. Si tú fueras tu personaje, en esa situación, ¿cómo te sentirías? En serio. La sinceridad aporta credibilidad a las situaciones increíbles.

16. ¿Qué está en juego? Danos una razón para ponernos del lado del personaje. ¿Qué va a pasar si fracasa? Acumula cosas en contra.

17. El trabajo malgastado no existe. Si no funciona, tú déjalo y sigue adelante. Ya volverá más tarde para serte útil.

18. Tienes que conocerte a ti mismo: la diferencia entre hacer lo mejor de lo que eres capaz, y ser tiquismiquis. Lo que hay que hacer con una historia es probarla, no refinarla.

19. Las casualidades que meten en problemas a los personajes molan. Las que les sacan de ellos, son trampa.

20. Ejercicio: separa una historia que no te guste en sus partes constituyentes. ¿Cómo las recombinarías en algo que SÍ te gustaría?

21. Tienes que identificarte con tu situación y con tus personajes, no puedes limitarte a “escribir chulo”. ¿Qué te haría a TI actuar de esa manera?

22. ¿Cuál es la esencia de tu historia? ¿La forma más económica de contarla? Si sabes eso, puedes construir a partir de ahí.

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