Mediaciones

18 septiembre 2014

He seguido con mucho interés y cierto regocijo, para qué negarlo :), el pequeño rifirrafe que ha provocado el Retrato del reseñista adolescente, artículo de Ana Garralón en Letras libres, en el que hacía una crítica del trabajo de los jóvenes booktubers.
El motivo de mi regocijo no era solo la “respuesta” de Begoña Oro, como siempre muy divertida, sino ver escenificado en tiempo real y en la pantalla de mi ordenador algo que estaba leyendo en otra pestaña más o menos a la vez: un informe muy serio y muy interesante que hace referencia a la globalización y a la digitalización como fuerzas que están transformando la cadena de valor de la industria del libro, desde la creación hasta la pura recepción de la obra (como, por cierto, también dijimos aquí en su momento). Y la mediación no iba a ser menos, por suerte.
Porque sí, porque aunque esto todavía chirríe a algunos, la mediación ha dejado de ser mediación (en singular) para convertirse en mediaciones (en plural). O quizá es que siempre fueron en plural y fuimos los observadores los que nos fijamos solo en la mayoritaria o en la más prestigiosa.
Pero sí. Ya no hay (solo) un número reducido y reconocido de críticos literarios que guían los gustos de los lectores y sancionan o no un título o un autor, sino un montón de lectores que quieren compartir sus opiniones y sus emociones al leer un determinado libro o autor con todo aquel que quiera escucharlos. Por suerte.
Ya no hay (solo) una forma “cabal” de hacer crítica o de reseñar un título, con referencias a la estructura, al estilo, la intertextualidad o el experimentalismo… sino muchas formas y estilos personales y para todos los gustos, unos más convencionales y otros más inusuales o “innovadores”. Por suerte.
Los niños y los jóvenes ya no leen (solo) lo que les prescribe el profesor en la escuela o lo que les recomiendan sus compañeros de clase, sino lo que les recomiendan otros chavales como ellos (o como ellos querrían ser) aunque vivan a miles de kilómetros de distancia. Por suerte.
Los lectores, niños y no tan niños, ya no elegimos nuestras lecturas (o no solo) en la mesa de novedades o tras una interesante charla con nuestro librero de confianza, sino que a menudo nos fiamos también de la recomendación que el algoritmo de la página web de turno nos hace basándose en otros libros que hemos leído y nos han gustado o en los que han gustado a lectores con gustos similares a los nuestros. Por suerte o por desgracia.
Y es que es un hecho: la literatura, en especial la juvenil, ya “no se puede considerar al margen del resto de la industria cultural, ni de sus contenidos ni de sus modelos de negocio” como dice Rüdiger Wischenbart, el autor de ese informe del que hablaba más arriba).
Por suerte, porque eso está creando un espacio para, entre todos, reinventar la lectura y la experiencia de la literatura. Porque si no lo hacemos nosotros, ya están ahí otros dispuestos a hacerlo. También por suerte, mal que nos pese.

 

Añadido posterior: Por su interés y pertinencia, pongo  aquí el enlace a un interesantísimo reportaje que acaba de salir en literatura Sm. Para que, si no los conocéis, tengáis aquí el contacto de los booktubers más conocidos y seguidos. ¡Gracias Elena!

Aunque este no es un blog de reseñas, he leído este verano un libro que me ha dado mucho que pensar sobre esa especie de trabalenguas que es el título de esta entrada. “Tú eres mi buena estrella” da voz a Ninon, una cría de 9 años maravillosa en su desnuda ingenuidad, en su felicidad ¿injustificada? y en su envidiable confianza en la vida.
Como creo que la reseña de la editorial (lo siento, compañeros) no le hace justicia, me permito matizarla. Sí: Ninon, la protagonista, asiste atónita a la furiosa separación de sus padres e intenta traducirse a sí misma lo que ve, lo que oye y lo que le toca vivir, tratando de darle sentido al enorme caos en el que vive. Pero lo importante es la maestría con la que la autora se convierte en esa niña y consigue que el adulto lector comprenda la realidad que la propia niña no comprende, o que sonría cuando la niña no sabría adivinar el por qué de esa sonrisa.
La autora de esta novela escribe sobre niños. Y en cierto modo, escribe como escribiría una niña, aunque trufado con una enorme habilidad para ponerle toda la intención de un adulto a la narración deliciosamente ingenua de la chavalita.

Parte de mi maravilla viene de la constatación de que, en la novela, todo o casi todo lo que se “oye”, se oye a través de la voz de la niña, aunque oigamos a todos los demás cuando Ninon explica a su manera los puntos de vista de los adultos.
¿Es una novela sobre niños? Bueno, yo diría que es una novela sobre la vida, también sobre la vida de los niños, pero sí es, eso seguro, una novela sobre cómo los niños ven e interpretan la vida, la suya propia, pero sobre todo, la de los adultos… con unos criterios muy diferentes a los de un adulto.

Curiosamente, lo que seguro que no es, es una novela para niños. Porque a los niños de nueve años les pasaría lo mismo que a Ninon: que se quedarían en la superficie, en la descripción de los hechos que hace la niña de nueve años, sin traspasar ese umbral en el que está lo verdaderamente implicado por esas palabras y esos actos de los que la niña actúa como narradora eficaz pero ignorante.

Seguramente lo que he encontrado tan placentero de este título es que la autora, aunque no ha escrito una obra de LIJ, sí ha exhibido la que es quizás una de las habilidades más necesarias para escribir LIJ: la de franquear las barreras de estilo de pensamiento y de modelo del mundo que separan a niños y adultos. Si la LIJ lo hace para llevar una visión del mundo a los niños, ella lo ha hecho para meter la mirada de los niños en el mundo.

Darse cuenta

22 julio 2014

Releo el texto de Gustavo Martín Garzo “Instrucciones para enseñar a leer a un niño” y, como ocurre con todos los buenos textos, aparece de pronto un pequeño detalle al que antes nunca había prestado la atención suficiente. Acaba Gustavo su artículo con una afirmación maravillosa: “No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida”. Y de pronto, ese pequeño sintagma preposicional se me antoja tan relevante y tan revelador que prácticamente oscurece a todo lo demás.

Porque sí, efectivamente, darse cuenta o no darse cuenta es la clave, el principio y el fin. Por mucho que hablemos de la lectura, de los libros, del placer de leer, de la formación, del entretenimiento, de hacer lectores… al final el para qué se impone con fuerza. ¿Qué objetivo puede ser más importante que ese, el de ser conscientes de la historia que contamos con nuestra vida? No sé si hay muchas personas, lectores o no, que vivan dándose cuenta, pero yo tengo la suerte de conocer a alguna. Esa es otra (una más) de las ventajas de trabajar con determinados autores: que se dan cuenta, ellos sí. Y escriben su vida, como sus libros, dándose cuenta. Y presenciarlo, aunque no sea muy de cerca, es un enorme privilegio. Gracias por dejármelo atisbar.

Ser y deber ser

10 enero 2014

 

Leo con mucho interés la entrevista con Teresa Colomer en Pensando la LIJ que tuitea Begoña Oro, creo que con más intención de la que parece a primera vista. Así que me dejo y ahí voy :) .

La investigadora deplora que haya una LIJ escrita y editada atendiendo a su función socializadora, es decir una LIJ transmisora de normas. Y recomienda a los mediadores “elegir buenos libros ‘literarios’ que hacen saber cómo son los humanos y no cómo deberían ser”.

Aun estando de acuerdo en el fondo, tropiezo con algunos “escollos” en esta afirmación. El primero, claro, tiene que ver una vez más con el sintagma “buenos libros”, pero como de eso ya hemos hablado en otra ocasión, continuemos con el segundo: una LIJ que hace saber cómo son los humanos. Y cómo son los humanos, me pregunto yo. ¿Significa eso que creemos en la existencia de una realidad independiente del observador o del “contador”? Yo creo que no, que no hay una realidad “objetiva” sino que la realidad se construye y se reproduce colectivamente a partir del discurso, pero como también hemos hablado de eso antes, continuemos.

La doctora Colomer recomienda al mediador que se centre en la calidad literaria. Pero centrarse en la calidad literaria no hace que la otra dimensión, la de la transmisión de normas o valores, desaparezca. Todo libro transmite valores y reproduce normas, tanto si elegimos fijarnos en ello como si decidimos mirar a otro lado.

Desde luego, como editora yo no puedo, ni quiero, decir “vamos a publicar este libro porque tiene una grandísima calidad literaria”, sin antes plantearme si quiero (si queremos) obrar como colaboradores necesarios de la reproducción de normas que esa obra lleva consigo de forma más o menos implícita o explícita. Como ya comentaba en el otro post, las obras culturales nunca se limitan a describir: siempre, además, prescriben porque las normas sociales implícitas, las más naturalizadas y biologizadas, se adquieren por absorción de discurso social, ya sea en forma de literatura, de anuncios, de cine, de juguetes, o de conductas cotidianas.

Un ejemplo muy simple: no sé si es una realidad que muchas personas mayores se sienten solas y acabadas, pero sí sé que hay una norma implícita al respecto, y que esa norma es con frecuencia reproducida por la literatura actual.

Como editora considero irrenunciable plantearme si quiero validar ese discurso y por tanto aumentar sus posibilidades de absorción, o prefiero airear otras alternativas sobre lo que es la vejez que también son parte de la realidad.

Ante una norma implícita o explícita que no nos guste, nuestra actitud puede ser visibilizarla para cuestionarla, o presentar una norma alternativa. O también reproducirla de forma acrítica, que es lo que en realidad hacemos cuando creemos que estamos “contando la realidad tal y como es”.

Hace tiempo que voy acumulando elementos en una lista que se podría titular “temas actuales que echo de menos en los libros de LIJ”. Temas en los que una literatura que pretende ser formativa (en el más amplio sentido de la palabra) y comprometida con el individuo y con la sociedad, tendría algo que decir.

Por supuesto, no estoy hablando de que tenga que haber libros enteros que traten sobre cada uno de esos temas en exclusiva (que también podría ser), pero sí echo de menos manuscritos que toquen, aunque no necesariamente en primera línea, algunas realidades que conforman el hoy de niños y jóvenes. ¿Por qué?

Porque son temas de gran interés en el presente, sí, pero también porque van a configurar en gran medida el futuro en el que vivirán y serán adultos los niños para los que hoy escribimos y publicamos. 

Se trata, en definitiva, de actualizar los valores, tanto en el sentido de incluirlos en historias que llamen a la acción en situaciones presentes como en el sentido de que hoy en día ciertos valores se han vuelto más urgentes.

Así que, para empezar, ahí va una primera lista que tiene que ver con reflejar la actual coyuntura social, económica y política:

  1. La lucha por nuevas hegemonías de pensamiento. Por ejemplo: cómo la PAH ha conseguido que un desahucio pase de ser percibido socialmente como una tragedia privada e inevitable, a algo inadmisible.
  2. Las nuevas formas de activismo y participación ciudadana, desde el 15M a polémicas como el de Change.org versus la crítica al ciberfetichismo: muchos jóvenes quieren cambiar el mundo, pero ¿van a poder hacerlo a base de clics?
  3. La globalización: lo que pasa al otro lado del mundo nos afecta. Tanto a nivel macro (el actual proceso de devaluación interna en España es una de las consecuencias del programa de globalización económica) como a nivel micro (tu mejor amigo, el que te entiende como nadie, puede estar en otro continente).
  4. El activismo consumidor: cambiar el mundo desde tu posición de consumo. Si hace cincuenta años una forma de ejercer el poder era dejar de trabajar, ahora puedes hacerlo dejando de comprar. Quien compra un buen balón de reglamento por seis euros ¿en qué cadena de actos está estampando su firma final?
  5. La virtualización de la economía: el niño que hace unos años cosía zapatillas en Vietnam para dar de comer a su familia, ahora puede estar pasando horas en un juego de rol multijugador ganando puntos de experiencia u obteniendo premios virtuales para alguien que le paga por ello.
  6. La generación Einstein: cómo son las mentes criadas por videojuegos. ¿Con una atención más fragmentada? ¿más desensibilizados ante cierto tipo de violencia? ¿más capaces de mezclar trabajo y placer? ¿mejor acostumbrados a trabajar en equipo y a distancia…?
  7. Los prosumers: consumidores que generan contenido, el chaval como autor. Autores de fanfics y escritores, autores desintermediados a pequeña y a muy gran escala…
  8. La economía de la atención y la democratización de su explotación: vivir de ser  youtuber o de subir vídeos y tutoriales a internet: fenómenos como “Hola soy Germán”, Jotapelirrojo, Mr. Chunkybuddy… jóvenes que construyen un formato y una audiencia y que viven de ello sin intervención alguna de los “profesionales de los medios” …
  9. Nuevas formas de aprendizaje y de educación: el “homeschooling”, la educación autodirigida,  la “punk education”, aprender con tutoriales… En un mundo donde, como prescribía Sócrates, “educar no es llenar un recipiente, sino prender una llama”, Internet es estopa…

Y como inevitablemente nos estamos deslizando ya, quizá es momento de abrir aquí una segunda lista, la que recoge aquellos temas que tienen que ver con reflejar el papel de las TIC en la vida de las personas y en concreto, en la de niños y jóvenes y que podría incluir, además de algunas ya recogidas en la lista anterior, cosas como:

  1. La construcción de la identidad en la red, la gestión de impresiones, la posibilidad de tener identidades múltiples con componentes diversos e incluso contradictorios…
  2. El solapamiento y la contradicción de los círculos sociales en el espacio tangible y en el espacio digital: ¿líder en la red, marginado en el patio?
  3. La gamification como herramienta de control de comportamientos y hábitos, con sus corolarios utópicos y distópicos.
  4. Crowdfunding: juntar dinero de muchos pequeños “inversores” para hacer grandes cosas. Como Riot Cinema con “El Cosmonauta”.
  5. Crowdsourcing: hacer algo grande entre muchos. ¿Cómo? Gente aprendiendo idiomas a la vez que ayuda a traducir páginas web, personas descubriendo exoplanetas por diversión o contribuyendo con su trabajo a investigaciones científicas…

¿Existen esos manuscritos? O mejor aún, ¿existen escritores capaces de escribirlos?

Así que hoy os pido ayuda. Tres ayudas:

La primera, para completar estas listas u otras similares. ¿Qué temas echamos de menos como lectores, como ciudadanos, como padres, como profesores, como editores…?

La segunda, para localizar esos manuscritos y sacarlos a la luz. Cuanto antes.

Y la tercera, para movilizar a los escritores, consagrados o noveles, profesionales o amateurs, apocalípticos o integrados, de modo que aprovechen estos silencios clamorosos de la LIJ como combustible creativo.

Estoy convencida de que entre los chavales de esta generación hay una enorme demanda latente de libros que aborden estos temas. ¿Es que vamos a esperar a que se hagan mayores y se los escriban ellos mismos?

Sí, sí, como suena, estamos buscando primeras veces. Esas primeras veces que nos cambian, que nos transforman en una persona un poquito diferente. Esas primeras veces que todos experimentamos alguna vez en la vida y que, de alguna manera, se convierten en un “rito de paso” que nos lleva de un yo a otro yo. Primeras veces ya vividas y primeras veces anheladas. Primeras veces en primera o en tercera persona. Primeras veces en pasado, en presente o en futuro. Primeras veces reales o inventadas. En definitiva, primeras veces que merece la pena compartir.

¿Que por qué? Porque queremos “experimentar y aprender con nuevas formas de literatura, y en el camino animar un diálogo intergeneracional alrededor de esos grandes o pequeños ritos de paso que marcan nuestro tránsito por la vida”.

Y porque sospechamos que hay muchos y buenos escritores escondidos que tienen mucho que contar y queremos que “salgan del armario”.

¿Que para qué? Para lograr que de esta experiencia salga un libro de relatos en el que los textos de escritores profesionales se codeen con otros de personas de cualquier edad que aman escribir aunque escritor no sea la profesión que figura en su tarjeta de visita.

¿Que cómo? Muy sencillo. Visita La primera vez que…, lee los relatos y si te apetece, comenta esas primeras veces que otras personas han querido compartir.  Después, piensa en esa primera vez que es tan especial para ti (o que crees que lo será, o que lo fue para alguien que conoces), conviértela en un relato y envíanosla utilizando el formulario, junto con una pequeña nota acerca de ti. Si te apetece, puedes mandar la foto con que la ilustrarías. Si no, nosotros le pondremos una que esté a la altura.

Queremos leer tus primeras veces, las de tus padres y las de tus abuelos. Las de tus vecinos y las de tus compañeros de clase o de trabajo. Las primeras veces de tus alumnos y las de tus profesores. ¿Nos ayudas a que se enteren?

Acabar bien

26 marzo 2013

Hoy, en la comida, mis hijos comentaban algunos de los tremebundos argumentos que desarrolla Jacqueline Wilson, una de sus escritoras favoritas, en sus novelas para niños y jóvenes. Padres divorciados varias veces, progenitores que se marchan de vacaciones con el amante de turno dejando a los niños solos al cuidado de un hermano o hermana de catorce años, chavalines que deben enfrentarse solos a un accidente o una agresión, adultos con niños a su cargo que se emborrachan hasta la inconsciencia… y otras situaciones familiares y sociales que, aunque no pongo en duda que se den en la realidad, por su frecuencia rozan lo inverosímil.

Les pregunto: “¿y por qué os gustan esos libros?”  Se encogen de hombros: Molan”.

Ante mi expresión, y quizás en un intento de justificarse, añaden: “Pero muchas acaban bien”.

Acabar bien. Esa respuesta me hace recordar una frase de la reseña de El rostro de la sombra que hizo en su momento una bloguera: “estoy acostumbrada a leer historias sobre personajes torpes y egoístas que al final se enderezan y se convierten en personas decentes”. Y en un comentario a esa reseña, alguien remataba: “se echa de menos un final donde quede todo bien definido”. ¿Es eso “acabar bien”?

Venga, sin miedo. ¿”Acabar bien” es que “los malos” se rehabiliten y que el amor triunfe? ¿Es acabar bien que todo desemboque en un “deber ser” bien visto socialmente? Me temo que “acabar bien” es entonces sinónimo de una resolución que no nos produzca desasosiego, que no nos perturbe, que no nos entristezca, que no nos haga plantearnos cosas que hagan tambalearse nuestra cómoda cotidianidad.

Así que intento explicar a mis hijos que la vida, a veces, no acaba bien. Intento hacerles ver que quizá tenemos un concepto equivocado de qué es acabar bien, tanto en las novelas como en la vida. Me gustaría que entendieran que “acabar bien” no es siempre que los acontecimientos se desenvuelvan como uno quiere, como a uno le gustaría o como uno cree que es justo. Que a veces “acabar bien” puede ser, simplemente, saber que, ocurra lo que ocurra, uno ha sido fiel a si mismo y al sentido o sentidos que haya querido darle a su vida. Les pongo un ejemplo: La historia de Iqbal. En este caso, tanto la realidad como la novela “acaban mal” en el sentido convencional del término. Iqbal, un chaval honesto y decidido de muy pocos años, muere asesinado y “los malos” quedan, probablemente, impunes. Pero en otro sentido, la historia de Iqbal acaba bien, porque nada consigue que el protagonista se aparte de lo que considera su prioridad: destapar la injusticia, cueste lo que cueste.

Claro está que mis hijos tienen once años. Y, en su mirada de niños que empiezan a no serlo, intuyo que el “acabar bien” normalizado al que ellos se referían cumple una función: aplacar la ansiedad que pueden generar las historias leídas. Quiero creer que esa ansiedad, aunque calmada, ya lleva en sí misma la semilla de una inconformidad constructiva.

Al final, me quedo pensando que quizá todos necesitamos, de vez en cuando, una historia que “acabe bien” en el sentido clásico, aunque solo sea para seguir creyendo que es posible.

¿Proteger o protegernos?

24 febrero 2013

Un tema imposible de eludir cuando se trabaja para niños y jóvenes es el de si el contenido es “adecuado” para lectores de una determinada edad. Las opiniones son diversas y, por supuesto, todas respetables y discutibles por igual, dado que se basan en aquello de lo que cada uno considera necesario proteger a los niños. O no protegerlos.

La cuestión es que no somos niños, ni los niños de hoy son iguales a los niños que fuimos. Ponerse en el lugar de los niños y jóvenes de hoy sin serlo es uno de los retos de editar LIJ (y más aún de escribirla o de seleccionarla para ellos). Por eso me encantó esta entrevista gráfica que el autor de cómics Art Spiegelman le hizo al autor de literatura ilustrada infantil Maurice Sendak en la revista New Yorker:

La infancia es “profunda, rica, vital, misteriosa, honda“, dice Sendak. Y sí, quizá nos asustaría conocer al niño que llevan dentro nuestros niños, como probablemente nos asustaría recordar, de verdad, sin romanticismo ni falsos idealismos, al niño que realmente fuimos. Porque efectivamente, sabíamos cosas terribles y sabíamos que era mejor que los adultos no supiesen que las sabíamos. ¿O no?

Determinar cómo se traduce esto a nuestro trabajo con o para niños no es tarea fácil, pero a mí me hace reflexionar. Me hace plantearme si al rechazar una novela para niños por demasiado dura pensamos en los niños o en los adultos que las leerán y nos juzgarán a través de ellas. Me hace pensar si como sociedad tenemos unos parámetros acertados respecto a de qué cosas hay que proteger a los niños y de cuáles no. Me hace mirar hacia nuestro papel como adultos que educan, hacia el sentido de la educación, hacia el trasvase entre el niño y el adulto que se produce en ese proceso. Y sin duda, me hace reflexionar sobre cuál debería ser la postura de la LIJ ante todo esto.

No tengo todas las respuestas, pero como casi siempre, creo que en este caso las preguntas son más importantes.

Ocurre una y otra vez: un escritor de literatura infantil o juvenil conocido gana un premio y los blogs se llenan de comentarios acerca de la presunta injusticia de que el premio sea para un autor “profesional”. Pero como hace tiempo ya expuse mi opinión al respecto, me limito a recordar que el año pasado ganaron los premios El Barco de Vapor  y Gran Angular dos autores no tan conocidos: Catalina González Villar y Jesús Díez de Palma. Y lo mismo ocurrió con otros premios importantes. Por no recordar que, aunque ya canse un poco decirlo, la plica es real: cuando el jurado elige el manuscrito ganador, no sabe quién lo ha escrito. Tanto si la gente se lo cree, como si no.

Si alguien tiene tiempo y ganas de hacer un repaso a los ganadores de los premios de LIJ más relevantes de nuestro país en todas sus convocatorias, comprobará fácilmente que hay muchos premiados que, en el momento en que recibieron el premio, no eran conocidos. La buena noticia es que hoy, cuando han pasado unos años, varios de los nombres que nadie conocía se han convertido en referentes. Y los premios que recibieron contribuyeron a ello. Por suerte, porque esa es una de sus funciones más importantes.

A ver, que tampoco pasa nada. No es difícil entender la frustración de quien ha dedicado mucho tiempo y muchas ilusiones a escribir su novela y se encuentra con que otro manuscrito se lleva el premio. Y si encima es de alguien que publica habitualmente y vende y es leído y ha ganado ya muchos premios, pues eso, que es normal que desespere un poco y hasta que patalee otro poco.

Pero quizá el error es de partida: los premios de los que estamos hablando son de un nivel muy alto. Esto no quiere decir que sean solo para profesionales, pero está claro que ellos juegan con ventaja. Pero desanimarse por ello es como si recién graduado en la Escuela de Arte Dramático te decepcionaras porque esa llamada de teléfono no es de Almodóvar.

Hay premios para autores menores de 18 años, como el que convoca la propia Fundación Jordi Sierra i Fabra y publica SM y hay concursos para autores noveles, como el que convoca la propia Asociación de Escritores noveles o el de la Diputación de Jaén. Y hay premios, como estos que nos ocupan, abiertos a todos los escritores, y ellos, los escritores profesionales, también tienen derecho a presentarse. Y no solo derecho, sino, casi, diría yo, obligación.

En cualquier caso, mucha calma. Que no ganar un premio (como que no te toque la lotería) es lo más habitual. Que eso les ha pasado (y les seguirá pasando) a todos los que hoy están ganando esos premios. Que probablemente no hay ni un solo escritor, conocido o no, que no haya sufrido más de un rechazo (y de dos y de tres, seguramente), ya sea en un concurso, ya enviando directamente su novela a una editorial. Que por esa situación han pasado todos los grandes nombres de la literatura.

Para relativizar un poco y pasar un rato muy entretenido, una recomendación: Éxito, de Iñigo García Ureta (Trama editorial 2011). Un libro sobre el rechazo editorial que, además de recoger de forma desdramatizadora algunos de los rechazos más sonados de la historia de la literatura, incluye pequeñas encuestas a agentes y editores sobre diferentes aspectos del tema. Opiniones muy bien fundamentadas, mucha experiencia y un montón de información sensata para rumiar el rechazo o, como en el caso que nos ocupa, que otro se lleve el premio. Y tras el paréntesis, a por el siguiente :)

Hacer que pasen cosas

12 agosto 2012

Llevaba yo varias semanas dándole vueltas a una entrada bajo el título “¿Hay sitio para el editor?”. Diversos artículos y en concreto el “intercambio” entre la editorial Hachette y el escritor autopublicado Konrath, me instaban a poner en claro cuál es para mí el papel que puede tener un editor en el nuevo contexto en que vivimos. ¿Que por qué?

Bueno, quizá porque muchas de las supuestas funciones insustituibles del editor que enumeraba Hachette en aquella  carta tienen más que ver con lo que puede aportar una editorial (claro, en español utilizamos la misma palabra para lo que los ingleses dividen entre Editor y Publisher) y mi interés principal es el editor(en el sentido del primero de esos dos términos en inglés). Y porque de algunas de esas funciones (como “encontrar y alimentar el talento”, “actuar como colaborador del autor en el proceso de escritura” o ”funcionar como pioneros explorando y experimentando”) yo también haría bandera, pero, en general, la carta se me quedaba un poco corta para definir el alcance de lo que yo querría hacer como editora en los próximos años.

Y sobre todo porque, de fondo, en mi cerebro no dejaba de sonar aquello que escribió Sara Lloyd, editora de Pan Macmillan en su “Manifiesto de una editora para el siglo XXI”, hace ya cuatro años: “los editores tienen que trabajar a toda prisa en definir cuál es la quintaesencia de la edición”. Evidentemente, no hay una sola definición posible. Cada uno debe elaborar la suya, y probablemente muchas son compatibles y no excluyentes, pero la mía tiene mucho que ver con otra frase de ese manifiesto: “los editores tendrán que verse como configuradores y facilitadores”.

Y ahí andaba yo,  pensando en esas funciones del editor a lo largo de la cadena de valor del libro y viendo un magnífico “hueco” en la concepción de nuevos proyectos;  en la tarea de “desbrozamiento” de las posibilidades de las tecnologías habilitadoras de nuevas formas de hacer literatura; en la labor de inspirar determinados proyectos a los autores, poniendo a su disposición las herramientas necesarias; en la formación y coordinación de equipos multidisciplinares para llevar adelante nuevas ideas; en la función de acompañamiento de los autores que quieran tener a su lado a un editor durante el proceso de escritura; en el reto de llevar la literatura a los lugares en los que está teniendo lugar la lectura en niños y jóvenes; en el contacto cada vez más cercano con los lectores…

Y entonces, mientras visualizaba ese futuro  lleno de posibilidades por explorar, un buen amigo (gracias,  Nano), me puso sobre la mesa una entrevista con Joseph Maria Castellet, director literario de Grup 62.  Merece la pena leerla entera, pero a mí me llamaron especialmente la atención estas frases: “para ser editor dependes de cuatro de los cinco sentidos al menos. Has de tener buen ojo, tienes que usar bien la nariz, debes pegar la oreja donde se debe y es imprescindible tener tacto. Y has de ser una persona muy bien educada”.  Y terminaba diciendo que “el editor debe ser una esponja, una esponja de verdad, y esta se localiza en el cerebro”.  Es una manera muy bonita de definir al editor, aunque irremediablemente te hace pensar si ese equipaje (ya de por si difícil de tener) será suficiente para los editores en los próximos años.

Quizá para los tiempos que vienen, el editor, además de ser una esponja, debería  tener una marcada dimensión “conseguidora”. Y para conseguir cosas, el editor, además de muy educado, tiene que ser un poco “liante”: alguien capaz de embarcarse  y embarcar  a todo el que haga falta en proyectos ilusionantes y prometedores, incluso algunos de resultado incierto. Por ahí va mi definición de la esencia del editor: un editor que, además de todo lo demás, sea alguien que hace que pasen cosas en el terreno de lo literario.

Qué cosas sean esas, y cómo vamos a hacer que ocurran, es lo que nos toca ir dibujando desde ahora mismo.

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